Gracias @BFuenlabrada @BFuenlaCantera por llenarme el alma de baloncesto. Una parte de mí se queda con vosotros esperando reencontrarnos algún día.
Dudas sobre su utilidad.
Conclusiones asombrosamente tintadas, terminantes y puntuales.
He acudido al PISA 2025 con preguntas muy concretas para escarbar entre “lo desapercibido”.
Existen 8 datos enterrados bajo los titulares que ya has leído: 🧵👇
7. LA CLASE EMPIEZA A LAS 9. EL APRENDIZAJE, YA VEREMOS. ⌛️
📊Entre 2018 y 2024, el tiempo que los docentes OCDE dicen dedicar a mantener el orden pasa del 13% al 16%.
Y en 37 sistemas cae el alumnado que dice que su profesor sigue explicando hasta que comprende.
Dos datos distintos. Una misma sospecha. (OECD, 2026, pp. 97, 250–252).
Lo extraño es que, si miramos el indicador general, el apoyo docente ha mejorado desde 2015.
Por ejemplo, el alumnado que afirma que su profesor le ayuda regularmente pasa del 72% al 75%.
Pero dentro de ese mismo constructo se mueve en dirección contraria una práctica bastante concreta: continuar enseñando hasta que el alumno entiende.
En España se ve especialmente bien:
2015 → 72%
2025 → 67%
Mientras tanto, quienes dicen recibir ayuda adicional cuando la necesitan apenas cambian: 70% → 71% (Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes, 2026, pp. 310–311).
Esto me hace desconfiar un poco de expresiones como “más apoyo docente”.
Ayudar más y conseguir que más tiempo desemboque en comprensión no son exactamente la misma cosa.
Y aquí aparece el otro dato.
TALIS 2024 encuentra que los profesores de secundaria de la OCDE dedican ya, de media, el 16% de una clase a mantener el orden, frente al 13% en 2018 (OECD, 2025; OECD, 2026, p. 97).
Parece una diferencia pequeña.
Pero un +3 porcentual sobre 13 supone alrededor de un 23% más de tiempo relativo dedicado a gestionar el orden.
Hace décadas que la investigación educativa distingue entre tiempo asignado, tiempo en el que el alumno está realmente implicado y Academic Learning Time: aquel en el que, además de estar trabajando, lo hace sobre una tarea pertinente y con un nivel suficiente de éxito (Fisher et al., 1980).
Es una distinción bastante menos trivial de lo que parece.
Podemos aumentar horas lectivas sin aumentar en la misma proporción el tiempo de aprendizaje.
Podemos mantener exactamente el mismo horario y perder minutos por interrupciones.
Podemos incluso estar “ayudando” y, aun así, llegar menos veces al punto en el que el alumno comprende.
Por eso quizá la unidad interesante no sea siempre la hora.
Tiempo escolar ≠ tiempo de instrucción ≠ tiempo hasta la comprensión.
PISA deja una asociación que merece, como mínimo, detenerse: los sistemas donde menos cayó —o aumentó— el alumnado que decía que su profesor continuaba enseñando hasta que entendía tendieron también a mantener mejor su rendimiento en ciencias desde 2015, incluso considerando la evolución del PIB per cápita (OECD, 2026, pp. 250–251).
No sabemos que una cosa haya causado la otra. Además, estamos cruzando periodos, instrumentos y autoinformes diferentes: PISA pregunta al alumnado; TALIS, al profesorado.
Pero quizá estamos discutiendo demasiado cuánto tiempo pasan los alumnos en la escuela y demasiado poco en qué consigue convertirse ese tiempo una vez que cerramos la puerta del aula.
8. LA PREGUNTA INICIAL, MEJOR PARA EL FINAL. 🧭
¿qué parte de la educación desaparece cuando confundimos lo que PISA puede medir con aquello que merece ser educado?
PISA 2025 observa con enorme sofisticación algunas cosas: ciencias, lectura, matemáticas, resolución computacional de problemas y una cantidad gigantesca de información sobre actitudes, familia, escuela, tecnología, expectativas…(OECD, 2026, pp. 46–49).
Pero no evalúa la educación.
No produce una medida internacional equivalente de la escritura extensa, la expresión oral y el debate; del conocimiento histórico y político; de la creación artística y la formación literaria; de la competencia motriz; del juicio ético; de cómo convivimos, ayudamos o resolvemos un conflicto; de la participación democrática; de buena parte de la educación afectiva, cultural o social.
Y esto importa.
Porque una prueba puede medir muy bien aquello que mide y seguir diciendo muy poco sobre otras cosas que también hemos decidido que merece la pena enseñar.
Biesta lleva años advirtiendo sobre este desplazamiento: el problema aparece cuando la discusión educativa deja de comenzar por qué consideramos una buena educación y pasa a organizarse alrededor de aquello que nuestros instrumentos consiguen medir (Biesta, 2009).
PISA tiene, además, otra rareza que casi nunca acompaña al ranking.
Los alumnos no estudian para la prueba, su resultado no afecta a sus notas y no reciben feedback individual (OECD, 2026, p. 7; pp. 314–318).
Y eso deja huella.
Entre 2018 y 2025, el esfuerzo que dicen invertir en PISA cae aproximadamente 0,5 puntos sobre 10 en los países OCDE comparables y el porcentaje que declara un esfuerzo muy bajo pasa del 3,5% al 5,4% (OECD, 2026, pp. 315–316).
Sería absurdo fingir que esto no afecta a lo que observamos.
Pero sería igual de fácil utilizarlo para desechar demasiado.
La propia PISA busca huellas conductuales de desimplicación y, por ejemplo, el straightlining en los cuestionarios no aumenta respecto a 2018 y 2022. Tras analizar estos problemas, la OCDE sostiene que la caída en lectura es demasiado consistente para explicarla simplemente como un artefacto de medición o desinterés por el examen (OECD, 2026, pp. 317–318).
Tampoco diría que PISA “no está estandarizada”.
Lo está.
Pero estandarizar 91 sistemas educativos no significa convertirlos en 91 copias del mismo contexto. Idiomas, culturas, currículos, trayectorias escolares, muestras e incluso la relación que cada alumno establece con una prueba sin consecuencias siguen existiendo detrás de la escala común.
Y, además, PISA describe asociaciones mucho mejor de lo que identifica causas.
Que la IA, el apoyo familiar, la curiosidad, el uso digital o determinadas prácticas escolares aparezcan relacionados con el rendimiento no nos permite colocar automáticamente una flecha causal entre ellos.
Después de estos días leyendo informes, anexos, metodología y artículos alrededor de PISA, creo que precisamente ahí he terminado encontrando su utilidad.
No como un veredicto.
Tampoco como una fotografía completa de la educación.
He intentado quedarme en este hilo con datos que sobreviven razonablemente a esas limitaciones y que, aun sin explicar por sí solos qué está ocurriendo, dejan señales difíciles de ignorar.
Algunas, además, se parecen sospechosamente a cosas que el educador lleva tiempo viendo desde otro lugar: desde el aula.
El docente en la trinchera no sustituye una muestra de cientos de miles de alumnos.
Pero una muestra de cientos de miles de alumnos tampoco sustituye lo que ocurre dentro de un aula.
Cuando ambos lugares empiezan a hacer preguntas parecidas, no tenemos una causalidad.
Tenemos algo quizás más útil: una buena razón para seguir mirando.
Después de leerlo bastante más de lo que esperaba, mi posición sobre PISA es menos cómoda que al empezar.
No me parece una sentencia sobre la educación.
Tampoco una prueba inútil.
Me parece un instrumento parcial que se vuelve realmente interesante cuando dejamos de pedirle que sea total.
Hace unos días, escuché esta idea.
Me pareció completamente cierta.
Cinco minutos después pensé que era errónea.
Ahora creo que ambos planteamientos cometían el mismo error.
Y ese error dice bastante sobre cómo interpretamos el cambio. 👇
(📹 ConPdePodcast / @srjosekarlos)
1. LA CONTINUIDAD COMO ILUSIÓN 🤹♂️
La intuición de José Carlos Ruiz posee una fuerza difícil de ignorar. Si recorremos la historia de la educación desde la Academia de Platón hasta una universidad contemporánea, la escena parece sorprendentemente familiar: seguimos leyendo, memorizando, explicando y discutiendo. Cambian las instituciones, los soportes o las tecnologías, pero esos verbos permanecen. Y, precisamente por ello, la continuidad adquiere más fuerza explicativa que el cambio.
Durante unos minutos pensé que tenía razón.
Después empecé a preguntarme por qué resultaba un argumento tan difícil de discutir.
Quizá porque funciona mucho más allá de la educación.
También podríamos decir que la medicina apenas ha cambiado. Al fin y al cabo, sigue consistiendo en observar, diagnosticar e intervenir. O que el deporte permanece prácticamente intacto porque continúa basándose en practicar, recibir correcciones y competir.
Las tres afirmaciones producen una sensación extraña: parecen razonables y, al mismo tiempo, profundamente insuficientes.
No porque sean falsas.
Sino porque comprimen prácticas extraordinariamente complejas en un reducido conjunto de operaciones que, precisamente por su nivel de generalidad, resisten mejor el paso del tiempo.
Y ahí empezó a cambiar mi forma de mirar el problema.
Puede que las restricciones fundamentales bajo las que recordamos, comprendemos, explicamos o discutimos hayan permanecido relativamente estables. Pero las capacidades humanas no operan en el vacío. Siempre lo hacen dentro de un conjunto de posibilidades de acción, normas sociales y condiciones materiales que delimitan qué significa ponerlas realmente en juego.
Por eso, de la permanencia de ciertas operaciones cognitivas no se deduce necesariamente la permanencia de las prácticas que las organizan, de las instituciones que las sostienen ni de las relaciones de poder que les otorgan significado.
Porque ninguna práctica existe aislada.
Toda práctica emerge dentro de un entramado de herramientas, tiempos, relaciones sociales, posibilidades de acción y formas de atención que delimitan qué puede hacerse, cómo puede hacerse y, sobre todo, qué significado adquiere aquello que hacemos.
Y cuando esa ecología cambia, las prácticas cambian con ella, aunque el lenguaje continúe nombrándolas del mismo modo.
Quizá por eso conservamos los verbos con una facilidad extraordinaria.
Mucho menos el mundo que les daba significado.
Seguimos diciendo leer.
Pero no leemos el mismo mundo.
Seguimos diciendo explicar.
Pero ya no explicamos bajo las mismas condiciones de posibilidad.
Fue entonces cuando comprendí que quizá llevaba varios minutos intentando responder a la pregunta equivocada.
La cuestión ya no consistía en decidir si llevábamos dos mil quinientos años enseñando igual.
La cuestión era otra.
¿Cuántas veces confundimos la permanencia del lenguaje con la permanencia de las prácticas que ese lenguaje intenta describir?
2. CUANDO EL MUNDO APRENDE DE OTRA MANERA 🗺️
Aceptar que las prácticas cambian con la ecología que las sostiene no implica aceptar que todo cambie.
De hecho, probablemente ocurre justo lo contrario.
Hay buenas razones para pensar que la arquitectura cognitiva humana permanece relativamente estable. La memoria de trabajo continúa siendo limitada. Recuperar información fortalece el aprendizaje. La práctica, el feedback o una explicación clara conservan hoy buena parte de la eficacia que ya tenían hace décadas. No porque pertenezcan a una metodología concreta, sino porque responden a restricciones que impone el propio funcionamiento de la cognición.
Y, sin embargo, algo sí ha cambiado.
No tanto el cerebro como el mundo con el que interactúa.
La cuestión deja entonces de ser exclusivamente metodológica para convertirse en ecológica.
Ese entorno ya no se parece al que conocieron Platón, Kant o Bertrand Russell.
Herbert Simon anticipó parte del problema hace décadas: cuando la información se vuelve abundante, aquello que consume es atención. Y pocas intuiciones describen mejor el desplazamiento actual. Hoy aprendemos en un entorno de abundancia informativa prácticamente ilimitada, donde la atención compite con arquitecturas algorítmicas diseñadas para capturarla; donde parte de la memoria, la búsqueda e incluso la elaboración pueden externalizarse en buscadores y sistemas de inteligencia artificial; y donde la autoría, la colaboración o la propia veracidad del conocimiento han adquirido nuevas formas y escalas, aceleradas ahora por la inteligencia artificial generativa.
No ha cambiado necesariamente aquello que el cerebro puede hacer.
Ha cambiado el ecosistema que determina cuándo, cómo y para qué merece la pena hacerlo.
Y ese desplazamiento modifica silenciosamente el significado de muchas prácticas educativas.
Por eso empecé a sospechar que la innovación educativa quizá llevaba años respondiendo a la pregunta equivocada.
No se trata de decidir si el cerebro necesita una pedagogía completamente nueva.
La cuestión es otra.
¿Puede una arquitectura educativa permanecer intacta cuando ha cambiado el mundo en el que sus prácticas adquieren sentido?
3. CUANDO CAMBIA EL PROBLEMA ⁉️
Llegados a este punto, la discusión sobre la innovación educativa empieza a adquirir un matiz distinto.
Porque quizá llevemos demasiado tiempo preguntándonos cómo innovar sin detenernos antes a pensar qué significa exactamente innovar.
Y ambas preguntas no son equivalentes.
Durante años hemos tratado la innovación como si fuera una propiedad de las metodologías. Como si innovar consistiera, esencialmente, en sustituir unas formas de enseñar por otras. Sin embargo, si las prácticas adquieren su significado dentro de una ecología determinada, quizá la transformación más profunda no aparezca cuando cambia su forma, sino cuando cambian las restricciones del entorno y, con ellas, el problema que esas prácticas están llamadas a resolver.
Ésta es, creo, la paradoja.
Una metodología puede cambiar sin que cambie demasiado el aprendizaje. Y un aprendizaje puede reorganizarse profundamente sin que la metodología, observada desde fuera, parezca haber cambiado.
Porque una práctica puede conservar su forma y, sin embargo, cambiar radicalmente de función.
Memorizar es un buen ejemplo.
Durante siglos, gran parte del conocimiento era escaso, difícil de conservar y todavía más difícil de recuperar. En ese contexto, memorizar constituía una forma privilegiada de acceso a la información. Hoy, parte de ese conocimiento puede externalizarse en buscadores o sistemas de inteligencia artificial.
Pero de ahí no se deduce que la memoria haya perdido su valor.
Ha cambiado el problema para el que resulta valiosa.
Cuando acceder deja de ser la principal restricción, disponer de conocimiento en la memoria permite relacionarlo, recuperar patrones, detectar incoherencias y pensar con aquello que sabemos. Paradójicamente, cuanto más conocimiento podemos almacenar fuera de nosotros, más importante resulta preguntarnos qué conocimiento necesitamos dentro para poder pensar sobre el que dejamos fuera.
Algo parecido ocurre con explicar.
Cuando el acceso al conocimiento era limitado, explicar significaba, en buena medida, transmitir información. En un entorno donde esa información circula de manera prácticamente ilimitada, explicar adquiere además otra función: orientar la atención, jerarquizar, establecer relaciones y ayudar a construir criterio sobre aquello que merece ser atendido.
Con discutir también ocurre.
Ya no responde exactamente al mismo problema. No discutimos únicamente para confrontar argumentos. En un entorno saturado de voces, interpretaciones y certezas, discutir también puede convertirse en una práctica de orientación epistemológica: discriminar evidencia, someter las propias creencias a fricción y aprender a distinguir entre disponer de información y tener razones para creerla.
Los verbos perduran.
Pero cambian los problemas que vienen a resolver y, con ellos, su función.
Quizá ahí aparezca una de las tensiones más interesantes de la innovación educativa: el entorno puede cambiar mucho más rápido que las instituciones encargadas de interpretarlo.
Está ocurriendo ahora con la inteligencia artificial. En muy poco tiempo hemos adquirido herramientas capaces de redactar, resumir, traducir, programar o resolver determinadas tareas académicas, mientras buena parte del sistema educativo continúa intentando decidir qué hacer con ellas desde categorías construidas antes de que existieran.
Y el desajuste no afecta únicamente a las herramientas.
Afecta al significado de las tareas.
Si una IA puede producir en segundos un texto que antes utilizábamos como evidencia de aprendizaje, la primera reacción puede ser prohibirla o incorporarla. Pero ambas respuestas pueden quedarse en la superficie. La pregunta más incómoda es anterior: ¿qué queríamos observar realmente cuando pedíamos ese texto?
Ahí la IA no crea necesariamente un problema nuevo.
A veces simplemente vuelve visible uno antiguo.
Nos obliga a distinguir entre la tarea y el aprendizaje que pretendíamos inferir a partir de ella.
Y quizá ése sea un patrón más general. Las tecnologías suelen transformar primero las posibilidades de acción; las instituciones necesitan después tiempo para reconstruir las normas, los significados y los criterios con los que interpretarlas. El desfase entre ambas velocidades produce periodos extraños: seguimos evaluando nuevas capacidades con categorías antiguas y, al mismo tiempo, declaramos innovadoras prácticas nuevas que quizá conservan intacta la lógica anterior.
Por eso algunas de las dicotomías más repetidas de la educación terminan resultando conceptualmente pobres.
La instrucción directa puede ser especialmente valiosa cuando el alumnado necesita orientación explícita, conocimiento previo y una gestión cuidadosa de las demandas cognitivas. Las metodologías activas pueden serlo cuando generan oportunidades reales para recuperar, aplicar, discutir, elaborar y recibir retroalimentación. La evidencia no obliga a convertirlas en identidades pedagógicas enfrentadas.
No porque una represente el pasado y la otra el futuro.
Sino porque su valor depende, entre otras cosas, del problema de aprendizaje al que intentan responder y de las condiciones bajo las que lo hacen.
La discusión, entonces, deja de situarse únicamente entre metodologías.
Empieza a situarse en algo más difícil: qué restricciones han cambiado, qué problemas permanecen, qué funciones necesitan ser redefinidas y qué prácticas siguen siendo valiosas aunque el mundo alrededor de ellas ya no sea el mismo.
Y quizá sea ahí donde la innovación educativa cambia por completo de significado.
Innovar no consiste, necesariamente, en cambiar cómo enseñamos. A veces consiste en comprender mejor qué es exactamente lo que cambia cuando enseñamos.
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Por eso, si decides leerlo y tienes experiencia en investigación, Educación Física o Ciencias del Deporte, me gustaría que lo hicieras desde el prisma de alguien que quiere contribuir, debatir y ayudar a mejorar la educación. Estaré encantado de responderte o debatir por DM.
Este trabajo nace de una convicción muy sencilla: la investigación solo tiene sentido si termina mejorando la práctica docente. Si consigue darle una idea útil a un solo profesor, ya habrá merecido la pena.
He estado unos meses sin publicar.
Han sido meses de proyectos personales, aprendizaje y cambios.
Preferí dedicar tiempo a construir antes que a contar.
Hoy vuelvo con la misma intención de siempre: convertir conocimiento en recursos útiles para docentes y entrenadores.
“Si haces lo suficiente, llegarás.”
Mariona Ortiz lo hizo.
No llegó.
Uno de mis autores favoritos lo llamó “la sociedad del cansancio”: el esfuerzo se convierte en explicación total, la positividad en absoluto…y el rendimiento se vuelve dogma.
Su ejemplo enseña algo👇🧵
4. RECALCULANDO RUTA METODOLÓGICA 🗺️
Si el problema del rendimiento no es únicamente operativo sino epistemológico, el ajuste no puede consistir en intensificar la acción, sino en redefinir las condiciones bajo las cuales esa acción adquiere sentido. Y ahí es donde el diseño pedagógico empieza a mostrar su verdadera complejidad.
La lógica dominante ha organizado el entrenamiento desde un principio de positividad: activar, acumular, encadenar. Todo debe ocurrir, todo debe ser productivo, todo debe avanzar. Sin embargo, como advierte Byung-Chul Han, la positividad absoluta no amplía el campo de experiencia, sino que lo aplana. Al eliminar la negatividad —entendida como interrupción, límite o suspensión— también elimina las condiciones que permiten diferenciar, jerarquizar y comprender.
En términos pedagógicos, esto se traduce en procesos donde la acción no se detiene lo suficiente como para volverse inteligible. La secuencia se mantiene, pero no se reorganiza. La intervención es constante, pero carece de distancia reflexiva. Y sin esa distancia, el jugador no puede operar sobre sí mismo; únicamente puede seguir funcionando.
Aquí adquiere relevancia uno de los conceptos menos operativizados del libro: la demora. No como ralentización del proceso, sino como condición de posibilidad para una forma distinta de atención. Una atención que no se agota en la reacción inmediata, que puede sostener lo que ocurre sin precipitar su resolución. Sin demora, el aprendizaje se reduce a adaptación rápida; con ella, aparece la posibilidad de reconfiguración interna.
Desde esta perspectiva, introducir interrupción no es un recurso metodológico puntual, sino un principio estructural de diseño. Cortar la secuencia cuando tiende a prolongarse, no intervenir en el momento en que la corrección parece evidente, permitir que ciertas situaciones permanezcan abiertas más allá de lo cómodo… son decisiones que introducen negatividad en el sistema y, con ello, la posibilidad de que algo deje de ser mera ejecución y empiece a adquirir forma.
Este desplazamiento conecta directamente con la noción de vida contemplativa que Han recupera. Lejos de oponerse al rendimiento, la contemplación introduce una forma de relación con la experiencia que no está orientada exclusivamente a la producción de resultados. Permite sostener la atención sin traducirla inmediatamente en acción, lo que en términos de aprendizaje implica abrir un espacio donde lo vivido puede sedimentar, reorganizarse y adquirir espesor.
En esa misma línea, el aburrimiento profundo —también desaparecido en contextos de sobreestimulación— deja de entenderse como carencia y pasa a considerarse condición. Es en ese intervalo donde la mente deja de reaccionar automáticamente y comienza a estructurar. Sin ese fondo, todo queda atrapado en una lógica estímulo-respuesta que impide cualquier nivel de elaboración.
El descanso, por tanto, no puede reducirse a un mecanismo de recuperación energética. Funciona como un dispositivo de reorganización, el momento en el que el sistema deja de producir para poder integrar. Sin descanso, lo que ocurre no se consolida; se encadena sin generar estructura.
Y algo similar sucede con la celebración. En un entorno regido por la mejora continua, celebrar introduce una interrupción radical: no optimiza el proceso, sino que lo delimita. Reconoce un estado como suficiente, lo cierra provisionalmente y, al hacerlo, permite que ese fragmento del proceso exista como unidad. Sin esa delimitación, el rendimiento se disuelve en una continuidad infinita donde nada termina de adquirir forma.
Diseñar desde aquí implica aceptar que no todo debe ser activado, que no toda situación requiere intervención inmediata y que no toda secuencia debe prolongarse. No como renuncia, sino como una forma más precisa de intervención. Porque, en determinados puntos, lo que el sistema necesita no es más acción, sino la posibilidad de dejar de reaccionar lo suficiente como para empezar a comprender.
Mariona no llegó a la selección…hasta que llegó.
Y quizá ahí está lo interesante.
No en el momento en el que la llamaron, sino en todo lo que ocurrió antes sin alcanzar esa meta.
Porque tal vez no era solo cuestión de hacer más.
Tal vez —aunque no pudiera nombrarlo así—ya había entendido algo que el sistema no explica:
que el rendimiento no depende solo de insistir…sino de saber qué no depende de ti.
Y, sobre todo, de no romperte intentando controlarlo todo.
FUENTE DEL VIDEO: Campus WOB (YT)


















