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Hermann Tertsch.
Al fondo, a la derecha
La mutación
Lo primero que llama la atención en Hermann Tertsch es el exotismo de su nombre y apellido. Luego no hay tal cosa: nació en Madrid en 1958, hijo de Ekkehard Tertsch, periodista y diplomático austríaco afincado y casado en España, y de una madre perteneciente a la familia aristocrática de los Del Valle Lersundi. Un madrileño de Serrano con apellido de opereta vienesa.
Hoy se le conoce por sus bravuconerías, por sus machadas, por sus excesos de tertuliano y de tuitero, por su derechismo ufano. Por sus encontronazos con ese rojo llamado Wyoming. Y, desde 2019, por su escaño de Vox en el Parlamento Europeo, que ha convertido en púlpito, en barra de bar y en trinchera, según el día.
Lo vemos en televisión o en la pantalla del móvil y ya nos tememos el resultado. Su estilo bronco y achulapado es cargante, como cargante es la ira bíblica con la que se expresa. No siempre fue así. Experimentó una metamorfosis que, lejos de detenerse, ha seguido su curso durante casi dos décadas.
Aspecto de pijo siempre tuvo, eso es cierto, con sus ondas en el pelo y sus trajes de color beige. Pero el corresponsal culto y bien informado de otros tiempos ha dejado paso a un personaje atronador, convencido de que el mundo está lleno de enemigos y de que a él le corresponde denunciarlos.
¿Qué sucedió entre uno y otro? ¿Cambió de convicciones o llevó hasta sus últimas consecuencias ciertas inclinaciones que ya estaban presentes en su escritura?
El corresponsal
Insisto: no siempre fue así. Empezó en 1982 como corresponsal de la agencia EFE en Viena y pronto pasó a El País, donde alcanzó celebridad cubriendo la Europa Central y del Este.
Escribió varios libros valiéndose de esas experiencias. A comienzos de los noventa, sus vibrantes crónicas, tan diferentes del estilo frío de ‘El País’, y su apreciable cultura hicieron de él una voz atendible, autorizada. Llegó a ser jefe de Opinión y subdirector del periódico entre 1993 y 1996.
En principio, el lenguaje del reportero en activo tiende a ser imparcial, neutro y límpido. En la prosa del corresponsal Tertsch había una implicación subjetiva que fue creciendo conforme su apellido alcanzaba cierta fama y sus juicios encontraban lectores dispuestos a celebrarlos.
Eran chispazos que el reportero se consentía, valoraciones que los destinatarios le toleraban porque la caída del Muro de Berlín y sus efectos no podían dejar al cronista como mero observador. Había que explicar lo que ocurría, interpretar acontecimientos que parecían desmentir de un día para otro cuanto se había dado por seguro durante décadas.
El ojo de Hermann Tertsch fue para muchos lectores, durante más de un lustro, un lustro rápido y asombroso, una lente de aumento y, sobre todo, un análisis informado de lo que ocurría en el mapa.
Así, países insólitos, independencias sobrevenidas, matanzas inexplicables y personajes salidos de una película de espías o de gánsteres. Quien quiera medir la distancia entre aquel Tertsch y el de hoy no tiene más que releer aquellas crónicas. Eran de alguien que miraba antes de juzgar.
Pero acaso la distancia no sea tan grande como parece. En aquellas páginas había ya una concepción moralizante del periodismo, una voluntad de distinguir entre víctimas y verdugos, entre quienes defendían la libertad y quienes la amenazaban. No era necesariamente un defecto. La cuestión es qué sucede cuando esa disposición se independiza de los hechos y el juicio acaba precediendo a la observación.
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justoserna.com/2026/10/24/he…
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Hermann Tertsch del Valle-Lersundi Foto: AFP
Cómo distinguir a un conspiranoico
Les pido disculpas por la densidad conceptual que se avecina. En unos pocos cientos de palabras introduzco la teoría de la interpretación, el sesgo de confirmación, la necesidad psicológica de orden, la construcción del enemigo y la instrumentalización política de las conspiraciones. Ahí es nada. No sé si saldré bien parado. Punto y aparte.
Recuerdo como algo especial ‘Il pendolo di Foucault’, la novela que Umberto Eco publicó en 1988. Fue en ese mismo año, durante unos días de lectura alucinada, cuando la devoré. Es una gran lección sobre el pensamiento conspiranoico, con toda la gravedad y toda la guasa a que se presta el tema.
Les abrevio.
Tres editores italianos, hartos de recibir manuscritos sobre templarios y sociedades secretas, deciden divertirse. Se inventan el Plan, una historia oculta del mundo en la que todo encaja y todo tiene que ver con todo.
Lo hacen de broma, pero les saldrá cara... Un grupo de crédulos se tomará el invento en serio, y uno de los editores acabará asesinado por quienes le exigían un secreto que jamás había existido.
Antes de que ‘Il nome della rosa’ le diera fama mundial, Umberto Eco ya era un académico reconocido. No solo estudiaba los libros: también examinaba cómo los leemos.
En relación con la lectura, Eco distinguía entre interpretar un texto, respetando lo que dice, y usarlo para hacerle decir lo que nos conviene. Llevado al extremo, ese uso convierte cada palabra en una pista y cada pista en un misterio más profundo. “Tutto c’entra con tutto”, decía uno de los protagonistas de ‘Il pendolo’.
Eso es la conspiranoia, que no siempre tiene que ver con la ignorancia. El conspiranoico no lee poco: puede que incluso lea mucho. Pero lee mal, usando los libros y la realidad instrumentalmente. Trata el mundo entero como un texto escrito en una clave que solo él y otros escogidos supuestamente saben descifrar.
Para el conspiranoico, nada ocurre por azar ni por simple torpeza: todo forma parte de un plan. Y eso, curiosamente, tranquiliza. Es más fácil creer que alguien lo controla todo que aceptar que el mundo va a la deriva.
Lo normal es partir de los hechos para llegar a una conclusión. El conspiranoico hace lo contrario: ya sabe la respuesta y busca aquello que la confirme. Además, cualquier desmentido le sirve como prueba. Si alguien lo contradice, es porque forma parte del complot.
La conspiración es insaciable. Masones, judíos, comunistas, vacunas, antenas 5G: todo se puede añadir a la trama. Las mismas mentiras de hace un siglo vuelven hoy con otros nombres.
Hay un ‘nosotros’ inocente y un ‘ellos’ todopoderoso. Si algo va mal, no es culpa nuestra, sino de una mano negra. El recurso ha resultado especialmente útil a los dictadores. Francisco Franco, por ejemplo, encontró en el contubernio judeomasónico una explicación para casi todos sus enemigos y buena parte de sus dificultades.
Por supuesto, las conspiraciones existen. El Watergate fue real. Precisamente por eso las imaginarias resultan creíbles: si nos engañaron una vez, ¿por qué no siempre? La respuesta no es negarlo todo, sino pedir pruebas en cada caso.
Eco comprendió que el juego podía volverse serio. En 2019, una convocatoria humorística para asaltar el Área 51 acabó reuniendo a curiosos en el desierto y provocando algunas detenciones. Dos años después, las fantasías conspirativas que acompañaron el asalto al Capitolio mostraron hasta dónde podía llegar la conversión de una ficción en certeza política.
En la novela de Eco, el ordenador de uno de los protagonistas está protegido por una contraseña que otro intenta descifrar. Es una sola palabra: “No”. No había ningún secreto. Solo el vacío que necesitamos llenar de sentido, aunque sea a cualquier precio.
Así se distingue a un conspiranoico: no por lo que cree, sino por cómo lee, por cómo sobreinterpreta. Quien piensa que todo tiene que ver con todo acaba como aquellos lectores crédulos de Eco, esperando a que ellos vengan a buscarlo.
Alvise Pérez.
Entre jeta y reaccionario
"A España, que merece volver a ser grande". Con esa dedicatoria, propia del movimiento MAGA, se abre ‘Devuélveme mi país. Manual de Reconquista Política’ (2026), el libro que ha publicado Luis Pérez Fernández, Alvise, eurodiputado y líder de Se Acabó La Fiesta.
A pesar de habérsele acusado de haberlo escrito casi enteramente con IA, yo prefiero tomármelo en serio: al fin y al cabo lo escrito debe condensar sus ideas, ¿no es cierto?
El prólogo arranca con una frase propia de bolero: "Hubo un tiempo en el que España sabía quién era". El autor se apresura a aclarar que no habla "de un pasado idealizado ni de una postal nostálgica". Pese a sus protestas, el libro habla, por supuesto, de un pasado idealizado y de una postal nostálgica.
La obra con IA o sin IA merece ser leída, aunque solo sea porque llega en vísperas de las elecciones generales del 29 de noviembre, en las que Pérez encabezará la lista de SALF por Madrid.
Lo que no merece es ser creído.
Tampoco hace falta refutarlo con solemnidad, como quien responde a un monólogo con las artes de una tesis doctoral. Basta cotejarlo con su autor y, después, con la literalidad misma, porque el autor o presunto autor se contradice con generosidad.
Alvise tiene ideas, unas cuantas, que son las propias de un reaccionario, ideas a las que no es fiel y que contraría con su comportamiento en la vida real.
Un manual de instrucciones para los demás
El capítulo 7, dedicado a Cataluña, incluye un apartado titulado "Acabar con la corrupción de verdad". El programa es impecable: "Endurecer las penas por corrupción. Hacer que los corruptos devuelvan hasta el último euro robado. […] Auditorías permanentes de los partidos políticos".
En el mismo capítulo recuerda que los dirigentes de Convergència están imputados por financiación ilegal y concluye: "La ‘nueva política’ era tan vieja como la que pretendía sustituir". Es la frase más lúcida del libro. Lástima que no venga con espejo. O con reflejo.
En septiembre de 2024, el propio Pérez admitió haber recibido 100.000 euros en efectivo y sin factura del empresario Álvaro Romillo, hoy en prisión provisional.
Dijo que eran "honorarios privados" por una charla. La policía concluyó que sirvieron para financiar parte de la campaña de las europeas.
En un vídeo se declaró "culpable" como "autónomo que ha cobrado en efectivo un trabajo", llamó "mafia" a Hacienda y animó a sus seguidores a no pagar impuestos si podían.
Su libro, por su parte, promete convertir España en "paraíso fiscal del autónomo" y usar la inteligencia artificial para detectar el fraude analizando "millones de declaraciones, facturas, contratos". Facturas, nada menos.
Hoy el Tribunal Supremo instruye seis causas contra él:
-la presunta financiación irregular de SALF;
-un PCR falso atribuido a Salvador Illa;
-el presunto acoso a la fiscal de delitos de odio de Valencia, Susana Gisbert;
-el presunto acoso a Diego Soler y Nora Junco, dos eurodiputados de su propia lista que rompieron con él; -presuntas amenazas al alcalde de Algeciras, José Ignacio Landaluce;
-y presuntos desórdenes públicos por sus llamamientos a colapsar carreteras durante las protestas agrarias de 2024.
El Parlamento Europeo le ha retirado la inmunidad en dos de ellas. Ninguna ha llegado a juicio y le ampara la presunción de inocencia, garantía excelente que su libro no reparte a todos por igual.
Nada de esto refuta la obra, desde luego. Pero ayuda a leerlo con el escepticismo que pide: el de quien recibe un manual de buenas costumbres firmado por alguien que no se lo ha leído.
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Alvise Pérez, 2
Resume la historia de España como un tráiler
El reaccionario no quiere conservar lo que hay, sino deshacer lo que ha ocurrido. Para eso necesita un pasado a la medida, y el epílogo se lo fabrica en cuatro diapositivas: Covadonga, 1492, 1808 y la posguerra, presentada como milagro económico sin que en ella asome Generalísimo alguno.
Que en 1808 se batieran por Españas incompatibles los liberales de Cádiz y los partidarios del Antiguo Régimen es un detalle que no cabe en la diapositiva.
La moraleja es hematología recreativa: "Llevamos en la sangre la capacidad de resurgir".
Lo que no se sabe es la fecha: "No sé exactamente cuándo ni exactamente cómo. No sé si lo veré yo o si solo lo verán mis hijos". Es la primera profecía con plazo de entrega abierto. Menéndez Pelayo necesitó varios tomos para contar la España eterna. En cambio, Pérez la resuelve en un epílogo.
La Transición fue una traición
Según el prólogo, la Transición fue "una traición cuidadosamente diseñada", un pacto de "traidores con miedo y derrotados con ambición". Desde entonces, "el ciudadano vota, pero no gobierna", queja curiosa en boca de quien llegó a Estrasburgo porque los ciudadanos le votaron.
Detrás de todo habría un "Estado profundo", y contra él no hay argumento que valga, porque el método viene blindado de fábrica: "cada censura es una confesión. Si te censuran, es porque no pueden rebatirte". Por esa regla de tres, seis causas en el Supremo no prueban nada contra Pérez: prueban que el Supremo no puede rebatirle.
Ese capítulo, dedicado a la "guerra digital", se abre con un epígrafe de Joseph Goebbels: "La mejor propaganda no se nota". O parece haber ironía alguna. En este libro, desde luego, la peor propaganda no se nota.
Una nación es milenaria y las demás, inventadas
El capítulo sobre Cataluña es el más amable del libro. Rechaza el 155 como castigo y propone seducir a los catalanes con "prosperidad compartida". Pero los milenios se reparten según el cliente.
España es "una nación milenaria" y así habrá de enseñarse en las escuelas, "con rigor y con orgullo". Cataluña, en cambio, se ha inventado una nación milenaria "que no existió como tal".
En el caso de Gibraltar se acaba la seducción y sale el talonario: "100.000 millones de euros por la devolución total de Gibraltar. Sí, cien mil millones. ¿Es mucho dinero? Es menos de lo que gastamos en el rescate bancario". Como ya nos arruinamos una vez, podemos permitirnos otra.
Si los británicos no venden, queda el "precedente indio", la ocupación militar de Goa en 1961: "No es la opción preferida. Pero tampoco es impensable". ¿Y los gibraltareños? Votarían "como si los habitantes de una casa okupada votaran quedarse con la casa". Por primera vez, una reconquista se plantea como un desahucio.
Tener hijos es un deber patriótico
"Un pueblo que no tiene hijos es un pueblo que ha decidido morir". El capítulo se titula "Una nación que se extingue" y su apartado estadístico, "Los números del suicidio colectivo".
Algunas propuestas son atendibles y podrían firmarlas partidos muy distintos: permisos más largos, escuela infantil gratuita, ayuda a la vivienda. Lo revelador es el marco.
Contra la extinción se ofrecen 200 euros al mes por hijo, tarifa modesta para un apocalipsis, y el modelo declarado es la Hungría de Orbán, que habría mejorado su natalidad "con un plan de choque similar al que proponemos". Siempre se agradece saber de quién se copian los deberes.
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Alvise Pérez, y 3
No es racismo, pero…
En el capítulo 10, Pérez promete: "No vamos a alimentar el racismo ni la xenofobia". Dos capítulos después culpa al Gobierno de abrir la puerta "a africanos cuya normalidad es la misoginia". Para que nadie se le adelante, se adelanta él: "Si eso nos convierte en ‘racistas’ para algunos, que así sea".
A quienes pidan asilo les espera el "modelo australiano", con centros en Marruecos, Mauritania, Senegal o Ruanda, y a los extranjeros condenados, la expulsión "sin excepciones, sin valoraciones individuales". Ruanda es el país al que el Reino Unido quiso enviar a sus solicitantes de asilo hasta que su Tribunal Supremo lo declaró ilegal en 2023. Detalle menor que no cabía en el manual.
Las garantías van por barrios
Para el detenido, prisión provisional sin fianza "a la tercera detención de una misma persona —independientemente del delito", porque ya está bien de "salir por la misma puerta a la calle cuarenta veces". Para el agente, permiso para disparar a quien empuñe un arma blanca a menos de siete metros, porque, aclara, "es ciencia, no política".
Para el hombre denunciado por violencia de género, en cambio, todas las cautelas: "La declaración de la denunciante no puede ser prueba suficiente para condenar".
Una detención no es una condena, salvo cuando conviene. Una denuncia no es una prueba, salvo cuando no conviene. En este libro, la presunción de inocencia funciona como cierto abono transporte: personal e intransferible. Su autor, investigado en seis causas, haría bien en desear que los jueces no lo hayan leído.
Las cuentas son del Gran Capitán
El programa económico es generoso y temerario: IRPF exento hasta 35.000 euros, Sociedades al 15 %, cuota cero para nuevos autónomos, capitalización de las pensiones. La inteligencia artificial ahorrará, una vez implantada, "20.000-30.000 millones" al año.
La supresión de duplicidades administrativas paga la rebaja fiscal, el plan de natalidad y la transición de las pensiones.
El mismo ahorro se gasta tres veces, proeza que habría envidiado Gonzalo Fernández de Córdoba con sus picos, palas y azadones. Y si los números no salen, queda el comodín: "Solo falta voluntad política".
Covadonga con wifi
El libro se despide con Étienne de La Boétie. "Decidid no servir más y seréis libres", y con una cita de otra índole: "Nos vemos en las trincheras".
Entre una y otra cabe el programa entero: liberar a los españoles de la tiranía de unas instituciones que les permiten votar a Alvise Pérez, que le pagan un escaño en Estrasburgo y que, con todas las garantías, le investigan.
La Boétie escribía contra un tirano. Pérez escribe contra un régimen con elecciones, tribunales y prensa libre, y lo hace, además, desde dentro.
Reaccionario, sí, pero en la versión que permiten los tiempos: la reconquista por Telegram, Covadonga con wifi. Don Pelayo tenía una cueva. En cambio, Alvise Pérez tiene un canal.
España, mientras tanto, sigue esperando su resurgimiento sin saber exactamente cuándo ni exactamente cómo. Él tampoco lo sabe, pero lo anuncia con una seguridad envidiable, con todo el morro.
Morro, mucho morro… En fin, el libro y su protagonista pueden provocar risa. Pero para guasearse uno tiene que tener ganas, unas ganas que Alvise te quita nada más lo examinas.
Isabel Díaz Ayuso.
El poder en escena
Acabo de publicar en ‘Historia 21’, la revista que dirige José Luis Ibáñez Salas (@ibanezsalas) en ‘Nueva tribuna’ (@nuevatribuna), un artículo sobre Isabel Díaz Ayuso. Para ello me valgo de muchas lecturas previas y, más concretamente, del libro de David Fernández, ‘Ayuso. Zancadillas, intrigas y venganzas en la Corte de Madrid’ (2026).
Sé que el asunto es polémico. Precisamente por eso he querido escribir con medida, sin caer en la caricatura fácil ni en el panfleto. Lo que me propongo es algo más modesto y, creo, más útil: una pequeña historia cultural del presente político. Les invito a leerlo.
Empiezo por una escena. Fernández abre su libro con una anécdota que parece sacada de una comedia de costumbres. Ayuso, entonces viceconsejera de Justicia con Cristina Cifuentes, asiste a un acto del mundo judicial. Ve que los asistentes se ponen la toga y ella hace lo mismo.
No es abogada.
Alguien se lo advierte con discreción y se la quita. Uno puede sonreír, claro. Pero la anécdota tiene un rendimiento mayor: antes de entrar de lleno en la política como representación, Ayuso ya se había puesto, literalmente, un disfraz. Y, sobre todo, no se hundió tras el ridículo. Siguió, resistió, aprendió.
Ahí está, me parece, la pregunta decisiva. No tanto cómo una dirigente a la que casi nadie auguraba un destino excepcional llegó a someter a una parte sustancial de la derecha española. Eso ya lo sabíamos.
Lo que me interesa es por qué ciertas insuficiencias personales, fácilmente reconocibles, se convierten bajo determinadas condiciones en extraordinarios recursos políticos.
El desliz se vuelve franqueza; la improvisación, espontaneidad. Y, en fin, la brusquedad deviene valentía. Las carencias no desaparecen. Lo que cambia es el código con que se interpretan.
En el artículo me detengo en la genealogía política de Ayuso. Se forma en el Partido Popular madrileño, a la sombra de Esperanza Aguirre, de Cristina Cifuentes, de Pablo Casado.
Ellos no son personajes secundarios de una biografía heroica: son sus condiciones de posibilidad. La Corte que retrata David Fernández es una escuela de relaciones antes que de ideas, un sistema de aprendizaje, selección y recompensa.
Y el episodio de Pablo Casado lo demuestra con elocuencia: quien la encumbra descubre que la criatura ha adquirido una autonomía que ya no controla.
Me ocupo también de Miguel Ángel Rodríguez, figura fundamental en el libro y en la ejecutoria de IDA. No conviene reducir a la presidenta a marioneta de su estratega.
Él aporta experiencia, agresividad, dominio de los tiempos y una comprensión maquiavélica de los efectos. Ella pone la voz, la disposición al riesgo y una facilidad asombrosa para encarnar el papel. De ahí una paradoja: la autenticidad de Ayuso es una construcción. Quizá su producto más logrado.
Hay una palabra clave en todo esto: “libertad”. En su retórica no funciona como principio que se discute, sino como contraseña afectiva. Quien discrepa no propone otra manera de definirla o protegerla. Quien discrepa amenaza con suprimirla. Comunismo o libertad.
Así, una presidenta que dispone de presupuesto, administración y capacidad normativa puede presentarse como resistente acosada. David Fernández habla del trumpismo” de Ayuso.
Yo matizo la analogía: no es un Trump en miniatura, pero comparte un método. Personalización, polarización, deslegitimación del adversario y saturación. El escándalo deja de ser un accidente y se convierte en combustible…
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Si me hacen la caridad, lean mi artículo en Historia 21. He procurado que sea entretenido y hasta sarcástico. Pero conviene separar la ironía del dato y la sospecha de la prueba.
Explico por qué el retrato que emerge es más perturbador que una simple colección de extravagancias. Se puede uno poner por error una toga y salir indemne. Es más difícil gobernar indefinidamente convencido de que toda pregunta incómoda es una emboscada.
nuevatribuna.es/articulo/cul…
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Antonio Gramsci.
Una, otra, otra y otra vez
La 'Antología' que de Antonio Gramsci realizara Manuel Sacristán volvió a aparecer en 2013. Reeditar este clásico (1970) de un clásico (1891-1837) fue una excelente idea de Akal (@AkalEditor) de la que me enteré por Tomás Rodriguez Torrellas. Sacristán, el pensador marxista español por antonomasia seleccionó, anotó y tradujo a Antonio Gramsci.
Hablo de memoria pero no me extravío: la edición original no se pudo publicar en España, pues aún vivía el Caudillo y algún censor bien informado debió de pensar que dicho libro era tóxico, nocivo o peligroso. O todo ello a la vez.
Recuerdo cómo mimaba yo mi ejemplar, publicado por Siglo XXI en México en una colección abiertamente titulada 'Biblioteca del Pensamiento Socialista'. Lo mimaba mucho por varias razones.
En primer lugar, por el precio: una fortuna me costó cuando lo compré. En segundo lugar, por el riesgo que entrañaba exhibirlo: con sus tapas rojas y con el rótulo de la colección era un auténtico peligro.
Hice lo que mi padre siempre hacía y yo no: forrar el libro. Por supuesto, yo no tenía su habilidad para poner sobrecubiertas a sus ejemplares, cosa que hacía cuando los estaba leyendo. Lo forré, sí.
Pero sobre todo lo hice porque lo leí en la mili, en las guardias de estado mayor que de cuando en cuando me tocaban en la Capitanía Militar de la IV Región Militar.
Estábamos a comienzos de 1982, habían transcurrido pocos meses del intento de golpe de Estado y el ambiente en los cuarteles estaba muy enrarecido. Las guardias de estado mayor las hacíamos sentados aguantando el tedio y la lentitud del tiempo.
Yo aprovechaba para leer. Durante unos días estuve acudiendo a la guardia con la 'Antología', de Antonio Gramsci, forrada con papel de periódico. Cuando la acabé, me animé con otras antologías del pensador italiano, en este caso traducidas por Jordi Solé Tura. Repito: corrían los primeros meses de 1982.
En 2011, Publicacions de la Universitat de València (@PublicacionsUV) editó un volumen titulado '¿Qué es la cultura popular?', del que Anaclet Pons (@clionauta_ap) y yo somos responsables. Con esta obra elaborábamos otra antología de Gramsci. Con traducción nuestra y con una extensa introducción de la que quedamos aceptablemente satisfechos.
Me hizo mucha ilusión que el libro que ideó Manuel Sacristán volviera a salir con tapas rojas, esta vez en Akal, en una colección significativamente titulada 'Cuestiones de Antagonismo'. Había, hay… razones para el antagonismo.
Me hace mucha ilusión regresar a la obra de Manuel Sacristán, pero ahora en otro soporte y por otra vía: escucho con placer y renovado sorpresa la ‘Antología’, narrada por Fernando Acaso.
Un disfrute de los sentidos y del entendimiento.
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akal.com/libro/antologia_349…
puv.uv.es/que-es-la-cultura-…
audible.es/pd/Antologia-Sele…
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El pasado no existe.
Diez años después
Hace ahora diez años, en octubre de 2016, José Antonio Illanes tuvo la amabilidad de hacerme muchas preguntas. Yo respondí a unas cuantas. Por entonces presentaba un libro con un título que algunos tomaron por provocación: ‘El pasado no existe’.
He repasado estos días aquel libro y también la entrevista, con la mezcla de pudor y curiosidad con que uno contempla una fotografía antigua.
Ahí estaba yo, en ambos textos. Más joven, desde luego, más rotundo en algunas cosas, más ingenuo en otras.
Y ahora me dispongo a citarme, cosa que me produce rubor. No conozco, sin embargo, mejor manera de contrastar lo que entonces dije con lo que hoy puedo sostener. No me cito para darme la razón, sino para comprobar hasta qué punto la tenía o, llegado el caso, para quitármela.
La primera lección que me ofrece aquel documento es bastante elemental: no puedo volver a 2016. No puedo alterar lo que dije ni matizar lo que afirmé con excesivo aplomo. Solo puedo leerlo como lo que es: una huella (histórica). Es decir, exactamente aquello de lo que hablaba.
Ahora, al escribir otra vez sobre aquellas respuestas, hago de historiador de mí mismo. Es un oficio peligroso, porque el investigador y el investigado comparten el yo, recuerdos y vanidad. Procuraré no absolverme demasiado.
La escena del crimen
Empiezo por lo que sigo sosteniendo, quizá con mayor convicción. Existe una creencia muy extendida: la de que el pasado está ahí, al lado, como una habitación contigua en la que bastaría con empujar la puerta. Creemos que lo pretérito es accesible, recuperable, reproducible. Es un error y tiene consecuencias.
Usaba yo entonces una analogía que todavía me parece útil: la del crimen. Una vez cometido, acuden el policía, el juez, el forense, el detective, el reportero. Ninguno de ellos accede al crimen. Ya les gustaría. Se personan, como mucho, en la escena del crimen, que es otra cosa.
Allí buscan indicios, los conectan, establecen un curso probable de los hechos. No reproducen lo sucedido: construyen un relato a partir de pruebas. El historiador hace algo semejante. Por algo decimos de él que “investiga”.
Pero conviene precisar algo.
Construir un relato no significa inventarlo a voluntad. Las pruebas permiten afirmar unas cosas, obligan a descartar otras y dejan numerosas preguntas sin respuesta. No todas las interpretaciones son igualmente válidas.
La imaginación del historiador tiene límites, y esos límites los imponen los documentos, los testimonios y los procedimientos de comprobación. De lo contrario, no estaríamos haciendo historia, sino literatura de ficción, que es un oficio muy respetable, pero distinto.
Del pasado quedan cosas, claro: recuerdos, documentos, ruinas, cachivaches, testimonios, fotografías, etcétera. Son restos. Lo que hace el historiador es establecer relaciones entre ellos para darles significado. Ni más ni menos.
Y ese significado no tiene por qué coincidir con el que les atribuían quienes vivieron los acontecimientos. A menudo no coincide en absoluto. Hasta aquí, 2016. Pero en esta década ha ocurrido algo que vuelve aquella tesis más urgente.
La máquina de fabricar pasados
Hoy cualquiera puede generar, en segundos, la fotografía de una manifestación que nunca se celebró, la voz de un político diciendo lo que jamás dijo o el vídeo de un abuelo que sonríe y parpadea aunque murió en 1952.
La inteligencia artificial nos ofrece precisamente aquello que yo negaba: la ilusión de que el pasado es reproducible. Ya no hace falta imaginarlo. Nos lo sirve animado, coloreado, con sonido ambiente.
Y ahí está la trampa. Durante siglos, el historiador ha trabajado con huellas auténticas y falsas, con documentos fiables y falsificados, con testimonios veraces y mentirosos. La manipulación no nació ayer…
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Isabel Díaz Ayuso.
Par elle-même?, 1
Advertido primero por Salva Lorenzo (@slorenzom) y, después, por Bernardo Carrión y Anaclet Pons (@clionauta_ap )… he quedado impresionado por la noticia. Isabel Díaz Ayuso (IDA) publica sus memorias.
A una edad temprana, cuando los hechos no son infinitos. He quedado, sí, impresionado. Pero me he repuesto con bastante rapidez. Uno, como lector, es ya un ser coriáceo.
El artefacto se titula ‘Íntimo’ y aparecerá el 2 de diciembre de 2026, editado por Planeta. Prometo leerlo. Y prometo publicar sobre él. He escrito ya muchas veces sobre IDA a partir de libros ajenos, noticias, portadas, declaraciones, gestos y otros materiales propios o de sus hooligans.
Es decir, a partir de materiales de una formidable industria, esa que convierte cada ocurrencia en doctrina, cada gesto en carácter y cada exhabruto en mercancía política.
Ahora tendremos, por fin, ‘IDA por IDA’. O Isabel ‘par elle-même’. Sin intermediarios. ¿O con los intermediarios propios de una gran editorial? Tampoco conviene ponerse ingenuos a estas alturas.
Me esmeraré. Un primer libro autobiográfico merece atención. Sobre todo cuando la autora asegura que durante julio y agosto pasados ha repasado “su vida al completo”. Dos meses. En dos meses, toda una vida al completo.
Es una proeza. Hay gente que emplea agosto para ordenar el trastero o para embalar y liquidar una biblioteca, como ha sido mi caso. En cambio, Isabel Díaz Ayuso ha hecho mucho más: ha ordenado su existencia.
La mudanza, por lo visto, ha sido decisiva. No me extraña. Mudarse siempre tiene algo de juicio final. Uno abre cajas, encuentra papeles que creía perdidos, tira objetos que había conservado durante quince años sin saber por qué y acaba preguntándose qué diablos ha hecho con su vida.
Hay que decidir qué se lleva uno, qué deja atrás, qué embala. Hacemos un justiprecio. Esto vale, esto no vale. Esto fui, esto digo que fui. Esto mejor lo meto en una caja. Esto, al contenedor.
Ayuso cuenta que la mudanza y el regreso a los lugares de su infancia la llevaron precisamente a hacer ese balance. ¿Te queda aún más futuro que pasado? ¿Qué conservas? ¿Qué desechas? La gestión de desechos, al fin y al cabo, también forma parte de toda mudanza.
Pensaba todo esto y, entonces, de repente me tropiezo con la cubierta del libro de Ayuso. Y me he detenido, claro.
La fotografía resulta sorprendente porque contradice buena parte de la iconografía habitual de IDA. No está la Ayuso desafiante: la barbilla elevada, la mirada de frente, el gesto de quien acaba de decir algo que dentro de pocos minutos será calificado de genialidad por sus palmeros.
En esa foto no aparece la dirigente de las poses arrogantes, chulescas, retadoras. No aparece la mujer del “me gusta la fruta”, del “chao, pescao”, del “comunismo o libertad”, con esa supuesta espontaneidad elevada tantas veces a categoría de pensamiento.
Aquí mira hacia abajo. Como persona triste, vulnerable. O quizá no mira hacia abajo. Quizá mira hacia dentro. Como mujer introspectiva. ¿Introspectiva?
La cabeza inclinada, el cabello cubriéndole parte del rostro, los ojos bajos, el cuerpo negro sobre fondo claro. Recogimiento, introspección, vulnerabilidad.
Si no supiéramos quién aparece en la fotografía, difícilmente imaginaríamos que estamos ante una de las políticas españolas que ha hecho de la desfachatez su bandera.
La cubierta promete, pues, una Ayuso desconocida: una IDA en sí misma. ¿Ensimismada? Eso sí que sería una novedad editorial.
El contenido anunciado también tiene ambición. Infancia en Chamberí y Sotillo de la Adrada, juventud, estudios, compromiso político, antinacionalismo, pandemia, viajes, música, deporte, gastronomía y, naturalmente, “Comunismo o libertad”.
También un episodio doloroso, el aborto que sufrió, ante el cual no cabe la guasa. La editorial anuncia además que la autora hablará de personas importantes de su vida privada y política.
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Isabel Díaz Ayuso.
Par elle-même?, 2
Lo verdaderamente magnífico es la fórmula promocional de Planeta: el libro estará escrito con el lenguaje “directo y franco que la caracteriza”.
Ya saben: cuando IDA dice algo, raramente habla. No. Se manifiesta un estilo. Si dice “me gusta la fruta”, combate en una guerrilla semántica. Si dice “chao, pescao”, culmina una revuelta cultural. Ahora, si escribe sus recuerdos mientras hace cajas, nace la memorialística.
Todo político acaba descubriendo que tiene una historia que contar. Algunos descubren que la tenían antes incluso de vivirla.
Yo esperaré hasta el 2 de diciembre. Leeré ‘Íntimo’. Con atención, subrayando. Como un severo profesor que lee el trabajo escrito de una alumna pendenciera. E hidratándome con toda la fruta necesaria.
La verdad del reaccionario.
Jaime Mayor Oreja
He leído ‘Una verdad incómoda. Testimonio de una época: contra el silencio y la mentira’ (2026), de Jaime Mayor Oreja. Con epílogo de Jon Juaristi.
Es un libro tremendo: tremendo por lo que cuenta, por lo que recuerda, por lo que interpreta y, sobre todo, por lo que acaba queriendo demostrar.
Hay muertos, amenazas, escoltas, funerales, miedo. Está el País Vasco de los años de plomo de ETA y está la experiencia personal de quien vivió durante décadas bajo la amenaza terrorista.
Pero hay también otra cosa, algo que va creciendo página tras página hasta ocuparlo prácticamente todo: la Verdad. Con mayúscula.
Mayor Oreja sufrió el terrorismo. Sobre eso no cabe guasa alguna. Amigos y compañeros suyos fueron asesinados y él mismo estuvo amenazado. Su testimonio posee por ello un valor indudable.
El problema comienza, comienza inmediatamente: justo cuando aquella experiencia terrible se convierte en una especie de conocimiento privilegiado.
Haber estado allí, haber visto matar, haber vivido amenazado parece concederle no solo autoridad para contar lo que padeció, sino una capacidad especial para descubrir el sentido último de las cosas: de lo ha ocurrido en el País Vasco, en España y finalmente en Occidente. El testigo se transforma en intérprete. Y el intérprete acaba siendo profeta.
Él mismo lo anuncia en el prólogo. Esto no es un libro de memorias, dice, aunque haya evocaciones. Tampoco un libro de política, aunque la política aparezca constantemente. Es un “testimonio”.
Mayor Oreja distingue el testimonio… del relato, y atribuye al primero una particular capacidad para acceder a la verdad. Extraña epistemología (perdonen el terminacho).
Una experiencia puede ser auténtica, dolorosamente auténtica, sin que todas las explicaciones que extraigamos de ella resulten por fuerza verdaderas. Una cosa es haber estado allí y otra disponer de la clave de la Historia. Pero Mayor Oreja la tiene.
Hace años escribí sobre él. Entonces lo llamé “propagandista católico”. No era exactamente un insulto. Era una descripción. Me llamaba especialmente la atención su nostalgia de un País Vasco perdido, el mundo de su infancia convertido en una suerte de paraíso anterior a la catástrofe.
Ahora, en este libro, regresa a aquel mundo. Villafranca de Oria, hoy Ordizia: la familia, los veranos, la naturaleza, las vocaciones religiosas, el cura, el alcalde, la Guardia Civil.
Nadie parecía odiar a nadie. Cada cual ocupaba su sitio.
Eran los años del franquismo, claro, pero los niños felices suelen prestar poca atención a las dictaduras. El problema empieza cuando el adulto convierte la felicidad del niño en categoría histórica.
Punto y aparte.
Como esto ya se va alargando mucho, por lo que pido disculpas, puede leerse mi artículo entero en el enlace que aquí pongo. Les garantizo que lo mejor está por llegar:
substack.com/@justoserna/not…
‘Pogres fuera’.
¿Cuatro fascistas?, 1
Un grafiti esmerado puede ser una ilustración. Unas pintadas ultrajantes no ilustran nada: ensucian y retratan a quienes las hacen.
En algunos ventanales de la Facultat de Geografia i Història de la Universitat de València han aparecido unas pintadas que ensucian y retratan a sus autores.
Pintura negra y roja sobre los cristales de unas aulas en las que durante décadas se ha enseñado precisamente aquello que estos espontáneos calígrafos parecen necesitar con cierta urgencia. ¿Qué cosa? Historia, geografía, lectura y, a juzgar por alguna de las inscripciones, ortografía elemental.
En una de las pintadas puede leerse: “Pogres fuera”. Así, pogres. Sin erre. Confieso que es mi favorita. Dentro de la repugnancia general, naturalmente, que el acto vandálico me provoca.
Uno imagina al autor de “Pogres fuera” empuñando el espray, inflamado de patriotismo y dispuesto a salvar España de sus múltiples enemigos. Eso sí, por el camino olvida una consonante. La erre. La Reconquista puede esperar. Eso sí: la erre habría que reconquistarla repasando los Cuadernos Rubio.
Ahora bien, no conviene que la guasa nos distraiga.
Alrededor del memorable pogres hay otras cosas bastante menos cómicas: “Putos moros”, “Fuera ideología woke”, “Joven, obrero y español”, “Lucha obrera, no perroflauta”.
Y, por supuesto, vivas a España. En estas ocasiones, a España siempre la hacen comparecer. La invocan para ultrajar a media humanidad, como si el país fuese una propiedad privada y ellos hubieran recibido en herencia las escrituras y las llaves.
No sé quién realizó las pintadas. Las fotografías no permiten atribuir su autoría. Me dicen que detrás podría estar gente vinculada al Frente Obrero. Conviene mantener el condicional mientras no haya una atribución comprobada. También conviene ser precisos con las etiquetas.
Dicho grupo se presenta como una organización obrera y patriótica. Mantiene posiciones muy restrictivas sobre inmigración y un discurso contrario al feminismo y a lo que denomina ideología woke.
Sus adversarios y distintos medios y organizaciones lo han situado en la extrema derecha o lo han calificado de fascista, caracterizaciones que Frente Obrero rechaza. Lo que tenemos delante, sin necesidad de interpretar demasiado, son las palabras escritas en los cristales de Valencia. Y las palabras dicen lo que dicen.
A mí, además, me toca personalmente. Durante décadas impartí clase en esa Facultad. He ingresado innumerables veces en esas aulas que se ven detrás de los cristales pintarrajeados. Por eso, contemplar dichos ventanales produce una impresión extraña. Uno reconoce las mesas, las filas de asientos, los pasillos, la luz. Y delante de todo eso aparece ahora un “Pogres fuera”.
Pues vaya.
Supongo que soy uno de esos pogres. No sé exactamente cuáles son los requisitos de admisión en tan distinguido o despreciable colectivo, pero sospecho que reúno unos cuantos.
Y por eso el “fuera” tiene para mí una resonancia particular. ¿Fuera de dónde? ¿De la Facultad? ¿De la Universidad? ¿De la ciudad? ¿De España?
Los autores de estas proclamas manejan una geografía política extraordinariamente simple (y mira que el lugar escogido para exhibirla resulta oportuno): dentro estamos nosotros y fuera deben quedar los demás. El problema es que la categoría de “los demás” no para de crecer.
Hoy son los “moros”. Después, los extranjeros. Luego, los “progres”. Más allá, los woke, las feministas, los homosexuales, los izquierdistas y, finalmente, cualquiera que discrepe.
El inventario puede ampliarse cuanto haga falta. Esta forma de entender la política necesita enemigos con la misma necesidad con que los pulmones necesitan aire. Si desapareciera el último enemigo, habría que inventar otro.
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‘Pogres fuera.
¿Cuatro fascistas?, y 2
…Eso es precisamente lo que me inquieta de estas fotografías. No los cuatro botes de pintura. Ni siquiera el vandalismo, aunque también. Los cristales se limpiarán.
Lo preocupante es la naturalidad con la que vuelve a exhibirse un vocabulario que durante algún tiempo pareció relegado y repudiado. Es una sintaxis política reducida a sustantivos y expulsiones.
Por eso sería cómodo e irresponsable despachar lo ocurrido como una gamberrada. Cuatro idiotas con espray, se limpia el cristal y a otra cosa. Quizá fueran cuatro. Quizá fueran tres. El número es secundario.
Lo que importa es el clima en el que alguien considera que escribir “putos moros” en una universidad es una intervención política y no una muestra rudimentaria de xenofobia.
Hay algo más.
Quienes hacen estas cosas parecen sentirse fuertes. No necesariamente porque sean muchos, sino porque determinadas expresiones que hace algunos años provocaban cierto pudor han recuperado circulación pública.
En Valencia, además, la actividad de organizaciones de extrema derecha no pertenece únicamente al pasado. En los últimos años se han documentado iniciativas antiinmigración y la actividad de grupos que se definen abiertamente como fascistas.
El contexto internacional tampoco invita precisamente a pensar que el nacionalismo excluyente, la hostilidad al inmigrante o la conversión del adversario político en enemigo estén atravesando horas bajas.
Y ahí está, creo, el verdadero problema.
¿Cuál es la concepción política que hay detrás? El adversario ya no está equivocado. El asunto es que ese… sobra. Por su parte, el extranjero no tiene derechos ni problemas: simplemente invade. Quien discrepa no discute. Con todas las letras: es un traidor. Por otro lado, si un profesor explica algo incómodo se le etiqueta: sencillamente adoctrina. ¿Y el periodista que contradice? Pues eso: miente.
Lo woke, que a todos supuestamente corrompe, es un comodín prodigioso en el que cabe cualquier cosa. Y finalmente llega la palabra que resume todas las anteriores: fuera.
La universidad representa lo contrario. No porque las universidades estén habitadas por seres especialmente virtuosos —he pasado demasiados años en una para sostener semejante disparate—, sino porque su fundamento consiste en admitir la discusión, la discrepancia, la complejidad y, con suerte, alguna prueba.
En un aula pueden sentarse juntos un conservador y un comunista, un católico y un ateo, un españolista y un nacionalista, un inmigrante y alguien nacido tres calles más allá. Ninguno tiene derecho a expulsar intelectualmente al otro. Tendrá, eso sí, la obligación de argumentar.
Vuelvo a mirar las fotografías. Detrás de las letras siguen estando las aulas. Las mesas, las filas de asientos, los pasillos, la luz.
Durante décadas entré en esas aulas para explicar Historia. Y la Historia, cuando se la frecuenta durante suficiente tiempo, proporciona pocas certezas, pero alguna deja.
De modo que sí: me doy por aludido. Y conmigo, seguramente, muchos amigos y colegas de profesión. Si quienes escribieron “Pogres fuera” querían incluir entre sus destinatarios a profesores en activo o jubilados que defienden una universidad abierta; si querían incluir a ciudadanos que no descalifican a sus vecinos por su origen y a personas a las que todavía les incomoda que se escriba “putos moros” en una facultad o en otro muro…, entonces pueden apuntarnos.
Soy pogre. Somos pogres. Eso sí: con erre. Con todas las letras.
Antonio Muñoz Molina.
La memoria del cuerpo, 1
Segorbe, 28 de septiembre de 2026, Teatro Serrano. Distintas instituciones, Vicent Sanz a la cabeza, habían organizado una conversación entre Antonio Muñoz Molina y yo. Según nos cuentan quienes asistieron, la interlocución fue un éxito. El numeroso público asistió expectante y complacido.
Lo que abajo he escrito es una breve y siempre escasa síntesis de lo que allí hablamos. Por tanto, es un resumen inevitablemente decepcionante.
Empecemos.
La conversación que mantuve con Antonio Muñoz Molina en Segorbe empezó, en realidad, hace veintidós años. En 2004, mi padre quiso acompañarme a un acto en Valencia en el que participaba Antonio y en el que yo le presentaba ‘Ventanas de Manhattan’. Antes de comenzar, estuvimos unos minutos los tres en la cafetería del Colegio Mayor Rector Peset.
Mi padre estaba emocionado y, mientras hablaba con él, se interrumpía para preguntarle: “No lo estaré molestando, ¿verdad?”. No, no. En absoluto—se apresuraba a responder Antonio.
Poco tiempo después de la improvisada reunión murió. Durante sus últimos meses recordó muchas veces aquel encuentro. Antonio también lo recordaba. Su padre había muerto apenas una semana antes.
Por eso quise empezar nuestro conversatorio —me gusta esta palabra— evocando aquella escena. Íbamos a hablar de literatura, historia, ficción y memoria, pero terminamos entrando en todos esos asuntos a través de algo mucho más elemental: nuestros respectivos padres.
Antonio contó que recientemente había vuelto a trabajar la tierra después de cincuenta años. Al preparar una huerta descubrió que no necesitaba recordar lo que su padre le había enseñado cuando era niño. Sus manos sabían trazar un surco. El cuerpo conservaba un conocimiento que la conciencia creía perdido.
“Hay una memoria en el cuerpo”, dijo. La frase me pareció entonces, y me sigue pareciendo ahora, una clave magnífica para entrar en su literatura.
Le propuse pensar su obra a partir de una tensión que creo reconocer en muchos de sus libros: arraigo y huida. El padre está ahí, naturalmente, y ‘El viento de la Luna’ constituye quizá uno de sus homenajes más explícitos. Pero está también el muchacho que necesita escapar del mundo en que ha nacido.
Antonio recordó la Úbeda de su infancia, el mundo campesino y cerrado de los años cincuenta y sesenta, y aquel descubrimiento progresivo de que había un más allá, otra vida.
Llegaban la televisión, la música rock y pop británica y americana, el inglés. Llegaban también las extranjeras, esa mitología considerable para unos adolescentes educados en colegios masculinos y en una ignorancia casi perfecta sobre las mujeres.
Había que salir.
Primero Granada, después Madrid, más tarde Nueva York. Siempre parecía existir un lugar preferible al lugar en el que uno estaba. Pero la huida tiene también su reverso. El cosmopolitismo puede convertirse en desarraigo y la libertad del individuo absolutamente independiente puede acabar pareciéndose demasiado a la soledad.
Antonio lo descubrió viviendo en Estados Unidos. Me interesó especialmente escucharlo porque aquel joven que quería marcharse lo más lejos posible encuentra ahora un placer particular en vivir, por ejemplo, en Valencia, recorrer su barrio, ir al mercado y ser reconocido por vendedores que saben su nombre no porque sea un escritor célebre, sino porque es cliente suyo.
Hablamos entonces de Robinson Crusoe y de las “robinsonadas” que Marx y Engels criticaban: la fantasía de un individuo capaz de reconstruir el mundo por sí solo. Pero Robinson nunca está solo. Lleva consigo una cultura, unos conocimientos, una sociedad entera. Exactamente igual que aquellas manos de Antonio que, medio siglo después, saben hacer lo que les había enseñado su padre.
Punto y aparte.
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Antonio Muñoz Molina.
La memoria del cuerpo, 2
…Quise llevar después la conversación hacia ‘La noche de los tiempos’, una novela que considero una de sus grandes obras. Siempre me impresionó un detalle: la conciencia del narrador de que puede reconstruir documentalmente el Madrid de 1936 y, sin embargo, hay algo que se le escapa. ¿A qué olía un taxi de aquel Madrid?
La pregunta contiene un problema decisivo para la ficción histórica. Podemos conocer fechas, discursos, edificios, periódicos y acontecimientos. Pero el pasado estaba compuesto también por olores, suciedad, gestos y palabras que nadie creyó necesario registrar.
Antonio recordó, por ejemplo, un ruido ya desaparecido hace apenas unos años: el crujido del módem cuando nos conectábamos a Internet. Durante un tiempo lo escuchamos diariamente. Hoy pertenece a un mundo extinguido.
Nos contó entonces el problema que estuvo a punto de bloquear ‘La noche de los tiempos’. Había escrito ya cuatrocientas o quinientas páginas, había leído y se había documentado enormemente.
Seguía preguntándose qué derecho tenía a novelar un tiempo anterior a su nacimiento. Hasta que un día, de repente, encontró la solución: introducir en la novela su propia incertidumbre.
“Quiero imaginar qué lleva en el bolsillo Ignacio Abel”, dijo refiriéndose al protagonista de la novela ambientada en 1936.
Con una frase así, el narrador reconoce una frontera.
No pretende haber viajado a 1936. Sabe que imagina. Y precisamente ese reconocimiento de lo que no podemos conocer hace más verosímil aquello que sí podemos reconstruir.
Ahí apareció otra cuestión que nos interesa especialmente como historiadores: la diferencia entre vivir un acontecimiento y recordarlo cuando ya conocemos su desenlace. Nosotros sabemos qué ocurrió en 1936. Quienes estaban allí no lo sabían.
Antonio recordó ‘La educación sentimental’, de Gustave Flaubert. Frédéric Moreau, su protagonista, intenta acudir a una cita amorosa y un golpe de Estado se interpone en su camino. La Historia con mayúscula irrumpe en una preocupación privada.
En ‘La noche de los tiempos’ ocurre algo semejante: el 19 de julio de 1936, mientras comienza la Guerra Civil, el protagonista recorre Madrid buscando a la amante. A su alrededor está sucediendo algo que multiplicará el número de los libros dedicados a esos días, pero él está preocupado por una mujer.
Así vivimos. Mientras sucede la Historia, nosotros llegamos tarde, buscamos a alguien, nos enamoramos, compramos el pan o pensamos en nuestras pequeñas catástrofes.
Por eso nos interesaron tanto los diarios y las cartas escritos en el momento mismo de los acontecimientos. Antonio evocó una anotación del dietario de Klaus Mann que me parece memorable.
En 1932 vio a Hitler en una pastelería de Múnich. Todavía no era el Hitler que todos conocemos retrospectivamente. Mann se fijó en que devoraba pasteles de nata de una manera voraz y desagradable. ¿Para sofocar su conocida halitosis?
Ese detalle insignificante contiene algo que la reconstrucción posterior difícilmente puede recuperar: el presente cuando todavía era presente.
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Antonio Muñoz Molina.
La memoria del cuerpo, y 3
…En la última parte quise que nos apartáramos de la gran Historia para entrar en otro territorio de la literatura de Antonio que siempre me ha interesado: sus personajes equivocados, aquellos que no perciben bien o incluso muy mal. Pienso en ‘El dueño del secreto’, pero también en otras novelas breves (‘Tus pasos en la escalera’) en las que el protagonista interpreta erróneamente aquello que está viviendo.
El novelista disfruta con esos mecanismos.
Y aquí nuestra conversación llegó a un punto que me parece esencial porque con demasiada frecuencia hablamos de literatura para hablar de cualquier cosa menos de literatura.
¿Cómo se construye una novela? ¿Qué sabe el lector? ¿Cuándo lo sabe? ¿Qué ignora el personaje? ¿Cómo podemos advertir que un narrador está engañándose sin que él mismo lo sepa?
Antonio habló de esos procedimientos como de un trabajo de carpintería. Recordó a Humbert Humbert, el narrador de ‘Lolita’, que intenta imponer su versión de los hechos mientras Vladímir Nabokov va dejando señales que permiten al lector descubrir aquello que él oculta o falsea.
El lector, por tanto, no es pasivo. Antonio empleó una comparación que me gusta particularmente: el texto es una partitura y el lector la interpreta.
Naturalmente —añadí—, la libertad del intérprete tiene límites. Umberto Eco distinguió entre interpretación y sobreinterpretación. Podemos ejecutar de maneras distintas una partitura, pero no inventarnos las notas para afirmar después que estaban allí.
En eso volvimos a estar de acuerdo. Precisamente porque las notas importan, nuestro invitado contó una costumbre suya que me parece envidiable: cuando un libro le gusta mucho, al terminarlo vuelve inmediatamente al principio.
La primera vez averiguamos qué ocurre. La segunda empezamos a comprender cómo ocurre.
Una frase que parecía insignificante en la página cuarenta resuena de otra manera ochenta páginas después. Como sucede con la música, la repetición nunca es exactamente repetición porque nosotros ya no somos los mismos que escuchamos aquella nota por primera vez.
¿Punto final?
Teníamos que terminar. El público esperaba la firma de libros y, si por nosotros hubiera sido, probablemente habríamos continuado mucho más. Antes de acabar, Antonio confesó algo que contradice otro de esos lugares comunes sobre la edad.
Conforme va envejeciendo, más le gusta leer novelas. Por eso, siempre tiene el deseo de regresar a casa para ponerse a leer con un entusiasmo propio de niño. A ese hábito o a ese prurito lo llamó una “felicidad infantil”. Y añadió: es una felicidad sin efectos secundarios.
Me pareció una buena manera de terminar. Habíamos hablado de los padres, del pasado, de la Historia, la ficción, Flaubert, Cervantes, Nabokov, Kafka y Joyce. Habíamos transitado por Úbeda, Nueva York y Valencia. Y acabábamos llegando a la escena más sencilla de todas: alguien a solas con un libro.
Pero yo seguía pensando en aquellas manos, en las manos de Antonio Muñoz Molina trazando, cincuenta años después, los surcos que le había enseñado su padre. Creía haber olvidado cómo se hacía. Su cuerpo, en cambio, lo recordaba.
Tal vez la literatura se parezca bastante a eso.
—-
Fotografías: Silvia Fervenza y Encarna García.
Con leve retoque espacial de la IA.
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Justo Serna retweeted
Hoy, lunes 28 de septiembre, a las 19:30, Antonio Muñoz Molina y Justo Serna conversan en el Teatro Serrano de Segorbe bajo el título ‘Memoria y deseo. Historia, ficción y literatura’, temas capitales en la obra del autor jienense.
✍️ @JustoSerna
makma.net/antonio-munoz-moli…














