Aquí encuentras el resumen de mis columnas… @Eneatipo7

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Joined January 2025
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EL HOMBRE QUE VENDIÓ DOS VECES LA TORRE EIFFEL París, 1925. La Torre Eiffel llevaba treinta y seis años contemplando la ciudad desde su armazón de hierro. Había nacido como una estructura provisional para la Exposición Universal de 1889, sobrevivido a sus detractores y convertido en el emblema de Francia. Hasta que alguien decidió venderla sin ser su dueño. Se llamaba Victor Lustig, un estafador de origen centroeuropeo que conocía bien la vanidad humana. Vestía con elegancia, hablaba varios idiomas y poseía el talento de inspirar confianza cuando había razones para desconfiar. No arrebataba bienes: lograba que sus víctimas se los entregaran agradecidas. La inspiración, según se cuenta, llegó al leer una noticia sobre los elevados costos de mantenimiento de la torre. Lustig vio donde otros encontraban un problema presupuestario una oportunidad comercial singular. Falsificó credenciales oficiales, se presentó como funcionario del Gobierno francés y convocó discretamente a varios empresarios del negocio de la chatarra a un hotel parisino. La propuesta era tan sorprendente como verosímil en apariencia: el Estado, agobiado por los gastos, habría decidido desmontar la torre y vender sus miles de toneladas de metal. La operación debía mantenerse en secreto para evitar un escándalo público. Allí residía la genialidad del engaño: el silencio, que normalmente despierta sospechas, parecía confirmar su importancia y ser parte del fraude. Entre los invitados estaba André Poisson, comerciante deseoso de prosperar. Lustig advirtió su inseguridad y la convirtió en instrumento. Lo invitó a conversar en privado y dejó entrever que un funcionario de su categoría esperaba alguna gratificación por facilitar el contrato. El soborno cumplía una doble función: aumentaba la ganancia y confería autenticidad al personaje. Para Poisson, aquel pequeño acto de corrupción parecía confirmar que estaba negociando con un burócrata auténtico. El empresario pagó. Lustig tomó el dinero y desapareció. Cuando Poisson comprendió que había adquirido una torre que nadie podía venderle, la vergüenza hizo el resto. Según las versiones tradicionales, prefirió no denunciar el fraude para evitar convertirse en el hazmerreír de París. El estafador había conseguido algo más difícil que engañar: persuadir a su víctima de que ocultara el delito. La humillación transformada en silencio obligado y el delito oculto tras la deshonra. La leyenda agrega un segundo acto todavía más insolente. Al comprobar que el escándalo no había estallado, Lustig habría regresado a París para repetir la operación con otros compradores. Esta vez, uno de los empresarios sospechó y acudió a la policía, obligándolo a huir. Conviene precisar que los pormenores de ambas ventas proceden de relatos biográficos repetidos durante décadas, no de una documentación histórica igualmente sólida en cada detalle. Pero la lección sobrevive incluso a las incertidumbres del expediente. Lustig no vendió realmente la Torre Eiffel: vendió la ilusión de una oportunidad exclusiva, la apariencia de autoridad y el privilegio de participar en un negocio reservado a unos pocos. Su mercancía fue la credulidad cuidadosamente estimulada por la codicia. Cien años después, el mecanismo conserva una actualidad incómoda. Cambiaron los hoteles por pantallas, las credenciales falsificadas por perfiles digitales y la chatarra por inversiones milagrosas. Permanecen la urgencia, el secreto, la promesa de ganancias excepcionales y la necesidad de sentirse más astuto que los demás. La historia de Lustig recuerda que los grandes fraudes rara vez comienzan cuando alguien cree una mentira absurda. Comienzan cuando esa mentira coincide exactamente con lo que alguien desea creer. Lo verdaderamente fácil de vender nunca fue el hierro, sino la vanidad de quien imaginó haberlo comprado. Años después, en Estados Unidos, Lustig conoció y estafó a Al Capone, pero esa es otra historia. Continuará… @MisColumnas
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LA SOCIEDAD QUE CONFUNDIÓ LA OPINIÓN CON EL CONOCIMIENTO Hubo un tiempo en que la ignorancia guardaba cierta prudencia. Quien desconocía una materia escuchaba o preguntaba. Hoy, en cambio, la falta de conocimientos no impide dictar sentencia: basta una conexión a internet, unas consignas y la convicción de que pensar consiste en tener algo que decir. La democracia consagró el derecho de todos a expresarnos. Pero de esa igualdad nació una confusión formidable. Que cada ciudadano posea idéntico derecho a opinar no significa que todas las opiniones tengan idéntico fundamento. El voto de un epidemiólogo vale tanto como el de quien jamás abrió un libro de medicina; sus juicios sobre una epidemia no pesan lo mismo ante la evidencia. La opinión es una facultad; el conocimiento, una conquista. La primera puede improvisarse en segundos; el segundo exige estudio, método, contrastación, disciplina y disposición a reconocer errores. Sin embargo, vivimos en un escaparate donde la certeza se premia más que la exactitud y una frase rotunda derrota a una explicación rigurosa. Las redes sociales perfeccionaron este equívoco. Sus algoritmos no fueron concebidos para distinguir lo verdadero de lo falso, sino para capturar atención. Una afirmación escandalosa viaja más deprisa que una rectificación; un insulto reúne más espectadores que una demostración; una falsedad emotiva circula mientras la verdad revisa sus fuentes. La velocidad reemplazó a la reflexión y la popularidad comenzó a disfrazarse de autoridad. En ese mercado de convicciones instantáneas, el especialista debe justificar cada palabra, exhibir antecedentes y admitir incertidumbres. El improvisador, en cambio, goza de una libertad envidiable: no necesita demostrar nada. Cuanto menos sabe, menos obstáculos encuentra para sentirse dueño de la verdad. No porque ignorancia implique arrogancia, sino porque desconocer la complejidad permite imaginarlo todo sencillo. La política ha convertido esta fragilidad en una industria. Donde la realidad demanda presupuestos, plazos y acuerdos, prospera quien ofrece milagros. El diagnóstico cabe en un eslogan; la culpa se atribuye a un enemigo; el remedio se anuncia para mañana. Quien explica las restricciones parece débil. Quien promete lo imposible parece valiente. Y así, la competencia democrática corre el riesgo de transformarse en un concurso de certezas sin respaldo. No se trata de exigir títulos universitarios para participar en la conversación pública. Sería una arrogancia tecnocrática peligrosa. La experiencia cotidiana también enseña; quien padece una política pública posee información que ningún escritorio debería ignorar. Pero escuchar esa experiencia no equivale a convertir toda impresión en prueba ni toda sospecha en diagnóstico. Una ciudadanía madura no renuncia a opinar: aprende a distinguir entre lo que sabe, lo que cree y lo que apenas supone. Pregunta por las fuentes, compara argumentos, sospecha de las explicaciones demasiado cómodas y comprende que cambiar de opinión ante mejores evidencias no constituye una derrota, sino una forma superior de honestidad intelectual. El verdadero peligro no es que los ignorantes hablen. Tienen, por supuesto, todo el derecho. El peligro comienza cuando una sociedad deja de reconocer la diferencia entre hablar y saber; cuando la estridencia sustituye al razonamiento y la reputación del experto vale menos que la popularidad del charlatán. Porque una democracia puede sobrevivir a la discrepancia, incluso necesita de ella. Lo que difícilmente puede permitirse es convertir la ignorancia en virtud, la duda en debilidad y el conocimiento en una simple opinión. Entonces ya no discutimos para comprender la realidad: competimos por imponer nuestra voz. Y cuando todos se proclaman maestros, los primeros expulsados de la sala suelen ser: el aprendizaje y el conocimiento. @MisColumnas
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LAS RABIETAS DEL NIÑO En el Pacífico ocurre, cada cierto tiempo, una revolución silenciosa. No se ve desde la costa y, sin embargo, puede transformar la lluvia en diluvio, la tierra fértil en sequedal y un bosque en una hoguera. Se llama “El Niño”, y nos recuerda que el clima del planeta es un diálogo entre mar y atmósfera. Aunque suele llamárselo corriente, El Niño es la fase cálida de un fenómeno mayor: El Niño-Oscilación del Sur (ENOS). Su nombre nació entre pescadores peruanos que advertían, cerca de Navidad, la llegada de aguas inusualmente tibias; de allí la referencia al Niño Jesús. Para comprenderlo hay que viajar al Pacífico ecuatorial. Normalmente, los vientos alisios (corrientes de aire constantes y regulares que soplan en las regiones tropicales y subtropicales de la Tierra), empujan las aguas cálidas hacia Indonesia y Australia. Frente a Perú y Ecuador asciende agua fría, profunda y cargada de nutrientes, alimento de una riqueza pesquera. Pero cuando aquellos vientos se debilitan, el calor se desplaza hacia el centro y oriente del océano. Disminuye el afloramiento de aguas frías y cambia la circulación atmosférica. Los vientos despiertan al océano y el océano responde transformando los cielos. Este vaivén, que reaparece cada dos a siete años, puede durar muchos meses. Su fase opuesta, La Niña, enfría el Pacífico tropical. Ambas modifican probabilidades, no dictan destinos: ningún océano promete una tormenta sobre una ciudad. Sus consecuencias parecen escritas con tinta contradictoria. Ecuador y el norte peruano pueden padecer lluvias torrenciales y aluviones; Colombia y sectores del norte brasileño, sequías. En Paraguay, Uruguay, el nordeste argentino y el sur de Brasil suelen aumentar las precipitaciones y las crecidas. Bolivia responde de manera desigual. Al otro extremo del Pacífico, Indonesia y Australia pueden sufrir escasez de agua e incendios. Chile conoce especialmente bien sus dos rostros. En invierno, El Niño puede abrir paso a sistemas frontales sobre la zona central: recargar embalses, vestir de nieve los Andes y aliviar la sed de los campos. Pero la misma lluvia puede desbordar ríos, cortar caminos y arrasar poblaciones. En el norte, las aguas cálidas perturban los ecosistemas marinos y la distribución de especies; en el sur, las señales son menos uniformes. Y después llega el verano. En ciertas configuraciones de El Niño aumentan las probabilidades de jornadas excepcionalmente cálidas, sobre todo en el norte y los valles centrales. No es una ley infalible, pero sí un riesgo que exige vigilancia. El calor persistente seca la vegetación, reduce su humedad, y combinado con viento, contribuye a la propagación de incendios forestales. Aquí aparece una ironía de la naturaleza: un invierno generoso en agua y una primavera exuberante pueden multiplicar pastos y matorrales. Meses después, bajo el sol estival, esa abundancia se convierte en combustible. El Niño no enciende los bosques; puede, sin embargo, ayudar a preparar el escenario donde el fuego encuentra su camino. La economía también escucha al océano. Cambian las capturas pesqueras, se pierden cosechas, sufren las exportaciones, aumentan los costos de energía, alimentos, seguros y reconstrucción. Para las familias, deja de ser una curva meteorológica cuando amenaza el empleo, el agua potable o el techo de sus casas. Además, al liberar calor hacia la atmósfera, los episodios intensos pueden elevar temporalmente la temperatura media global y alterar patrones de tormentas. No son la causa del calentamiento climático de origen humano, pero ambos fenómenos pueden superponerse y agravar sus efectos. El Niño enseña una verdad incómoda: la naturaleza no negocia con fronteras ni presupuestos. Podemos medir el océano, anticipar riesgos, proteger cuencas y ordenar nuestras ciudades. Lo que no podemos permitirnos es confundir un fenómeno natural con una tragedia inevitable. La diferencia, una vez más, se llama prevención. @MisColumnas
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LOS CELOS DE JOSÉ Y EL FANTASMA DE GABRIEL Chile era una mujer singular. Delgada entre la cordillera y el Pacífico, sabía que el amor, como los terremotos, podía derrumbar una casa. Durante diecisiete años soportó a un hombre autoritario que confundía la convivencia con la obediencia. Llamaba orden al miedo. Cuando finalmente consiguió librarse de él, juró que nunca más entregaría las llaves de su casa a quien pretendiera ser su dueño. Volvió entonces a encontrarse con Patricio, un antiguo afecto de modales prudentes. Fue un romance de reconstrucción: abrir puertas y volver a conversar sin susurrar. Después llegó Eduardo, más solemne, con quien alternó ilusiones y desencuentros. Y más tarde Ricardo, que le ofreció estabilidad, aunque dejó cuentas pendientes. Tras aquello, Chile decidió que quizá no necesitaba otro galán para seguir adelante. Se apoyó en Michelle, una amiga y consejera inteligente y tenaz, que terminó acompañándola en dos etapas distintas de su vida. Compartieron la responsabilidad de una casa difícil. Pero apareció Sebastián. Venía del mundo de los negocios, exhibía fortuna, hablaba de eficiencia y prometía administrar el hogar como una empresa exitosa. Chile le abrió la puerta. Luego volvió a abrírsela. Dos oportunidades: a veces confundía esperanza con reincidencia. La segunda despedida fue particularmente amarga: la casa había sufrido un estallido y nadie concordaba sobre quién encendió la mecha. Entonces conoció a Gabriel. Era joven, idealista, desordenado en ocasiones y convencido de que la casa necesitaba reformas profundas. Chile aceptó intentarlo. Hubo entusiasmo, tropiezos, promesas y discusiones. Unos vecinos lo detestaban; otros lo amaban y recordaban las grietas que ya tenía la vivienda. Mientras tanto, José esperaba. Con la paciencia de quien no acepta un rechazo, confundía la perseverancia con un derecho adquirido. José llevaba décadas enamorado de Chile, o al menos de la idea que tenía de ella. Se proclamaba firme, tradicional e infalible. Cada vez que Chile discutía con algún novio, él aparecía con flores, advertencias y un inventario minucioso de los defectos ajenos. Cortejaba hablando más de los otros que de ella. Con Gabriel desarrolló una fijación extraordinaria. Si Gabriel cambiaba una ampolleta, José denunciaba el gasto. Si no la cambiaba, denunciaba la oscuridad. Si llovía, era culpa de Gabriel; si salía el sol, José anunciaba que con él habría amanecido antes. Finalmente Chile aceptó su propuesta. José entró triunfante, convencido de que por fin había llegado su hora. Tenía las llaves y la oportunidad de cumplir lo prometido. Pero apareció un inconveniente: Gabriel se había marchado de la casa, aunque José seguía invitándolo a todas las conversaciones. Al desayuno preguntaba si el café estaba mejor que con Gabriel. Al almuerzo comparaba las cuentas. Por la noche exigía reconocimiento por haber cerrado una ventana que, según él, Gabriel habría dejado abierta. Hasta las goteras le recordaban al antecesor. Parecía menos interesado en construir una vida con Chile que en ganarle una discusión a un hombre ausente. Chile comenzó a sospechar que José no estaba enamorado de ella, sino de la oportunidad de derrotar retrospectivamente a Gabriel. Había conquistado el presente, pero seguía durmiendo abrazado al pasado. Y así, mientras José conducía mirando obsesivamente el retrovisor, Chile observaba el parabrisas. A veces, para chocar basta con no mirar hacia delante. La historia todavía no termina. Pero José haría bien en comprender que una mujer no elige pareja para escuchar eternamente cuánto peor era su ex. Y que si insiste en convertir cada día en un plebiscito contra Gabriel, Chile podría terminar dándole una buena patada. Pepe, supéralo. El fantasma no vive en la casa, tú lo llevas a la cama. @MisColumnas
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EL PAYASO QUE ARGENTINA NO MERECE La diplomacia argentina parece haber incorporado una extravagante partida presupuestaria: financiar los viajes de un presidente que confunde los encuentros internacionales con audiciones para un circo. Javier Milei no necesita que sus adversarios lo ridiculicen. Se basta solo. Cree que cuanto más grita, más inteligente parece. En España volvió a exhibir su repertorio de descalificaciones contra el gobierno, su presidente y periodistas. No discutió únicamente ideas: convirtió la discrepancia en una ocasión para despreciar personas. Su ideología es legítima; su incapacidad para distinguir la libertad de expresión de la ordinariez, no. Hay una forma de estupidez particularmente costosa: aquella que se ejerce con atribuciones presidenciales. Una impertinencia privada provoca vergüenza ajena; pronunciada desde la jefatura del Estado puede deteriorar relaciones, cerrar conversaciones y sembrar dudas sobre la previsibilidad de un gobierno. Milei parece convencido de que cada insulto constituye una victoria. Nunca calcula quién paga la cuenta. La paga Argentina. La pagan sus empresarios al explicar que el país es más serio que sus exabruptos. La pagan sus diplomáticos cuando intentan reconstruir la confianza que su jefe pulveriza en un micrófono. Y sus ciudadanos, reducidos a los berrinches de un hombre incapaz de administrar su soberbia. El contraste económico es casi una pieza de humor negro. Milei promete convertir Argentina en un destino irresistible para los capitales, pero se presenta ante el mundo como un gobernante que disfruta enemistándose con sus interlocutores. ¿Qué inversionista no evaluaría el riesgo político de un país cuyo presidente trata el desacuerdo como una ofensa personal? El capital no exige simpatía; exige reglas estables, instituciones confiables y horizontes previsibles. La agresividad no demuestra que falten, pero tampoco ayuda a convencer de que existen. Las inversiones no se consiguen a gritos. No basta con repetir «libertad» mientras se transforma cada conferencia en un tribunal de injurias. Ni presentando la grosería como autenticidad. El mundo financiero sabe distinguir entre un reformador decidido y un dirigente que convierte su temperamento en una variable adicional de riesgo. Y aquí aparece la humillación más injusta: millones de argentinos trabajan, investigan, emprenden, enseñan y crean, mientras su presidente exporta una caricatura que ninguno de ellos merece. Argentina produjo científicos, escritores y empresarios admirables. No debería necesitar un traductor diplomático que explique que su jefe de Estado no representa el nivel intelectual de su pueblo. La política exterior no es una sección de comentarios en redes sociales. Lula, Boric o Sánchez pueden ser adversarios ideológicos; sus países, sin embargo, seguirán siendo vecinos, socios y mercados cuando el aplauso de los fanáticos se haya extinguido. Despreciarlos no es independencia: es confundir la autonomía con la soledad y la firmeza con la mala educación. Lo más triste es la ovación doméstica que celebra cada insolencia como una hazaña. El fanático aplaude el golpe verbal; el estadista calcula sus consecuencias. Uno colecciona enemigos imaginarios. El otro necesita interlocutores reales. Uno gana tendencias; el otro, oportunidades. Milei puede seguir creyéndose el protagonista de una epopeya contra el mundo. Pero el respeto internacional no se obtiene insultando y la credibilidad no nace de una rabieta. Un presidente sin capacidad de diálogo no inspira temor reverencial: inspira cautela, cansancio y, a veces, risa. El verdadero drama no es que el payaso ocupe el escenario. Es que, cuando termina la función y se apagan las luces, la cuenta queda a nombre de cuarenta y tantos millones de argentinos. Y nadie les devuelve el prestigio perdido. @MisColumnas
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EL PRESIDENTE ES EL ESPEJO El mandatario de turno es el reflejo del tipo de sociedad que lo eligió. Hay sociedades que cansadas o incapaces de pensar, prefieren elegir un animador con banda presidencial. Confunden firmeza con grosería y autoridad con abuso. Basta con que grite lo suficientemente fuerte para que algunos confundan los decibeles con las ideas. Esa es la propuesta de varios que hoy llevan las riendas en países como Argentina, Estados Unidos y otros ya conocidos. La democracia tiene una virtud incómoda: no siempre premia al mejor. Bien lo sabemos, basta mirar a la Moneda hoy en día. A veces consagra al que mejor interpreta los prejuicios, los miedos y esa secreta fascinación por ver a alguien humillar en público a quien se detesta en privado. La urna no certifica sabiduría; cuenta preferencias. Creímos que la educación y la historia nos inmunizarían contra el caudillismo. Entonces llegaron las redes sociales y descubrimos que una biblioteca infinita también puede utilizarse para compartir estupideces a velocidad industrial. El algoritmo no pregunta si algo es verdadero: pregunta si nos enfurece lo suficiente como para seguir mirando. En ese mercado, el político autoritario ofrece un producto extraordinariamente simple: culpables. Si falta empleo, culpa al extranjero. Si crece la inseguridad, a los jueces. Si la economía tropieza, culpa al gobierno anterior. Si aparece una contradicción, culpará a la prensa. Y si los hechos desmienten al líder, peor para los hechos. Así, toda pregunta es conspirativa. Una parte de la derecha contemporánea ha perfeccionado esta fórmula con admirable eficiencia comercial. Vende nostalgia como programa, resentimiento como identidad y agresividad como arrojo. No necesita saber administrar: basta prometer castigo a los enemigos. La crueldad deja de ser un defecto de carácter para convertirse en una credencial electoral. Pero sería demasiado cómodo atribuir el fenómeno a una sola familia política. El autoritarismo también ha vestido uniformes revolucionarios, ha hablado en nombre del pueblo y ha encarcelado a ese mismo pueblo cuando dejó de aplaudir. La tentación de sustituir instituciones por salvadores no reconoce monopolios ideológicos. El auge actual de ciertas derechas no absuelve otras trincheras. La pregunta incómoda, entonces, no es únicamente qué clase de presidente llegó al poder, sino qué clase de ciudadanía encontró atractivas sus peores cualidades. ¿Desde cuándo insultar demuestra valentía? ¿En qué momento desconocer un dato pasó a ser señal de autenticidad? ¿Por qué la falta de modales se celebra como independencia y la ignorancia se presenta como una saludable distancia de las élites? Quizás porque el líder no inventa todos esos impulsos: los legitima. Autoriza a decir en voz alta lo que antes provocaba vergüenza. Convierte el desprecio en lenguaje oficial y la intolerancia en pertenencia. El ciudadano no siempre vota por un proyecto; a veces vota por el permiso de dejar de disimular. Por supuesto, ningún mandatario representa moralmente a todos sus compatriotas. Hay votos resignados, alianzas tácticas, abstenciones y minorías que resisten. Reducir una nación entera al temperamento de su gobernante sería cometer la misma simplificación que criticamos. Pero tampoco corresponde fingir que los líderes caen del cielo, enviados por una empresa de delivery ideológico. Surgen de una cultura política que los tolera, de partidos que los habilitan, de medios que los amplifican y de electores que, con distintos grados de entusiasmo, les entregan poder. Y cuando el escándalo deja de escandalizar, el problema ya no reside solamente en el palacio: también habita en la plaza. Tal vez por eso el retrato presidencial más revelador no está colgado en un salón de gobierno. Está frente a nosotros, en el espejo colectivo. Y la pregunta decisiva no es cuánto se parece el presidente a su pueblo, sino cuánto está dispuesto ese pueblo a parecerse a su presidente. @MisColumnas
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UN VOCERO SIN DERECHO A EQUIVOCARSE El gobierno ya no tiene crédito para más torpezas. La Moneda acaba de contratar una voz para apagar incendios comunicacionales. La curiosidad es que su nuevo propietario tiene antecedentes de haber jugado con fósforos. Gonzalo Arenas llega a la vocería del gobierno de José Antonio Kast con títulos respetables y episodios públicos menos discretos. Abogado, doctor en Historia, exdiputado y exdecano universitario, Arenas no es un improvisado en política. Por eso, sus desbordes merecen escrutinio. La experiencia no exime de prudencia; más bien aumenta la obligación de practicarla. En agosto de 2009, durante una interpelación al ministro Edmundo Pérez Yoma, el entonces parlamentario protagonizó un altercado que incluyó documentos lanzados hacia la autoridad. Singular manera de defender el debate republicano: convertir el Congreso en una competencia de lanzamiento de papeles. En 2012 llamó «pulmones vírgenes» a dirigentes de la Confech, insinuando que jamás habían trabajado. Y en 2013, indignado por una resolución judicial, escribió: «Requisito para ser juez: ser imbécil». La Asociación Nacional de Magistrados reprochó aquellas expresiones. No eran travesuras juveniles: Arenas ya era un representante elegido para ejercer responsabilidades públicas. Ahora cambia de escenario. Ya no tendrá el privilegio de hablar únicamente a nombre propio, ni de esperar que una frase desafortunada se olvide. Cada palabra podrá comprometer al Ejecutivo, tensar relaciones institucionales o exigir explicaciones a otros ministros. El vocero no está para ganar discusiones de sobremesa, sino para informar con precisión incluso cuando la pregunta incomoda. Tampoco recibe una ciudadanía especialmente generosa en paciencia. La cuestionada y mediocre gestión comunicacional de Mara Sedini y las dificultades del precario esquema encabezado por Claudio Alvarado, dejaron una vara peculiar: no basta con hablar mejor que antes; hay que recuperar credibilidad. Cambiar el micrófono no responde las preguntas pendientes. Hay una ironía adicional. Arenas anunció en su debut que no pretende una «guerrilla comunicacional» y que aspira a un estilo pedagógico. Bienvenido sea el propósito. Sin embargo, la pedagogía exige escuchar, reconocer lo que se ignora y distinguir un dato de una consigna. No consiste en explicar con solemnidad aquello que todavía no se ha entendido. La contingencia lo obligará a pronunciarse sobre economía, seguridad, educación, justicia y conflictos sociales, materias donde ningún doctorado concede omnisciencia. Su prueba no será responderlo todo, sino saber cuándo consultar, cuándo rectificar y cuándo decir sencillamente «no tengo esa información». Tres ejercicios de modestia que la política suele considerar deportes extremos. Sería injusto afirmar que repetirá necesariamente sus exabruptos. Las personas pueden cambiar, y aprender con los años. Pero también sería ingenuo exigir a la ciudadanía que olvide sus antecedentes porque ahora tenga un atril oficial en el pórtico de la casa de gobierno. Arenas pidió ser parte de las decisiones políticas y no apenas su narrador. Eso aumenta su responsabilidad: si conoce la cocina, no podrá culpar siempre al mozo cuando el plato llegue frío. Y si desconoce una materia, tendrá que estudiarla antes de vestir la incertidumbre con seguridad teatral. La paciencia ciudadana no se renueva con cada nombramiento. Se consume con cada evasiva, cada explicación precaria y cada gesto de superioridad frente a preguntas legítimas. Por eso, el nuevo vocero parte con una tolerancia estrecha: no como condena anticipada, sino como consecuencia del desgaste acumulado. En La Moneda confían en que Arenas ordene las palabras. La verdadera incógnita es si conseguirá ordenar primero sus impulsos. Porque en política una mecha corta puede encenderse en segundos; y cuando el incendio comienza en la vocería, no hay comunicado que devuelva intacto el silencio. @MisColumnas
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EL VOTO PRESTADO NO ES UN CHEQUE EN BLANCO Lo que revelan las encuestas. Una victoria electoral que parezca una declaración de amor, es en realidad, un matrimonio de conveniencia. La segunda vuelta presidencial chilena dejó una pregunta fundamental: ¿cuántos votaron por José Antonio Kast y cuántos lo hicieron, sencillamente, para impedir que ganara Jeannette Jara? En primera vuelta, Kast reunió el 23,95% de los votos válidos. En segunda alcanzó el 58,2%. Fue una coalición más amplia que su núcleo original. Allí convivieron republicanos convencidos, votantes de otras derechas, electores de centro y ciudadanos para quienes la militancia comunista de Jara constituyó una barrera insalvable. No olvidemos además, que la suma de votos blancos y nulos llegó casi a 950.000 sufragios, lo que nos dió una premonitoria señal de que no habría luna de miel. La diferencia de 34,25 puntos no mide exactamente los votos «prestados». Cambió la participación. Pero la conclusión política permanece: una parte sustantiva de aquella mayoría no pertenecía al electorado propio del presidente, ni por lejos. Y el préstamo, a diferencia de una donación, tiene condiciones. Nadie puede reclamar como patrimonio personal los sufragios que recibió por descarte. La encuesta Criteria del 11 de octubre registró un 27% de aprobación y un 64% de desaprobación presidencial. Además, un 82% evaluó al Gobierno por debajo de sus expectativas. Las mayores caídas de apoyo aparecieron entre quienes habían preferido a Franco Parisi y Evelyn Matthei en primera vuelta. No prueba una deserción total, pero revela una fractura entre victoria y gestión. No basta atribuir el desencanto a la oposición. Quien vota contra una alternativa no necesariamente suscribe el programa completo de la otra. Puede rechazar al Partido Comunista sin desear una política de trincheras; exigir seguridad sin aceptar cualquier medida; reclamar crecimiento sin confundir los diagnósticos económicos con consignas de campaña. Durante la contienda, Kast convirtió seguridad, inmigración y recuperación económica en las columnas de su oferta. Ahora corresponde contrastar promesas con resultados, plazos y costos. Gobernar exige algo más que repetir que el país se cae a pedazos. La retórica catastrófica moviliza indignación, pero no inspira confianza económica. También importan las palabras. Una frase desafortunada, una explicación superficial o una controversia innecesaria pueden parecer anécdotas aisladas. Acumuladas, terminan instalando dudas sobre el criterio presidencial. La autoridad no se construye solamente con votos, sino con prudencia, preparación y una comprensión rigurosa de los asuntos públicos. La comparación con Sebastián Piñera invita a otra cautela. Su aprobación llegó a niveles extraordinariamente bajos durante la crisis social, pese a contar con una trayectoria política y ejecutiva muy distinta. El precedente demuestra que ninguna mayoría de origen inmuniza contra el desgaste. Una encuesta retrata un momento, no toda una gestión. Hay, además, una paradoja: desde 1990 hasta marzo de 2026, gobiernos de centroizquierda e izquierda ocuparon 28 de 36 años en La Moneda. La alternancia es parte de la democracia, no una anomalía que deba explicarse mediante caricaturas del adversario. Quien llega prometiendo corregir ese ciclo adquiere la obligación de demostrar, con hechos, qué hará mejor. El problema de fondo no es que Kast conserve un electorado fiel. Todo presidente tiene uno. Es confundir esa fidelidad con el respaldo de quienes lo escogieron por descarte. Esos ciudadanos no firmaron un contrato de obediencia, ni entregaron una autorización perpetua para justificar errores. La urna concede el poder, pero no garantiza el prestigio. Una segunda vuelta puede ganarse gracias al temor que inspira el adversario; un gobierno, en cambio, debe sostenerse por la confianza que inspira quien manda. Los votos se cuentan sólo una noche. La confianza rinde examen cada mañana. @MisColumnas
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EL UNIVERSO QUE LLEVAMOS DENTRO Estimado lector, usted atraviesa la vida llevando consigo una proeza de ingeniería que ningún laboratorio ha logrado reproducir: una metrópolis de células, conductos, motores, sensores y laboratorios químicos. Una civilización microscópica que trabaja día y noche sin solicitar instrucciones. Comencemos por sus cimientos. Nacemos con unos 270 huesos; al crecer, varios se fusionan y el adulto suele conservar 206. El fémur es el más largo; el estribo, oculto en el oído medio, apenas alcanza tres milímetros. Las dos manos reúnen 54 huesos y los pies otros 52: más de la mitad del esqueleto se concentra en nuestras extremidades. Sobre esa arquitectura actúan más de 600 músculos esqueléticos, según la clasificación empleada. El glúteo mayor figura entre los más voluminosos; el estapedio, también en el oído medio, dentro de la cavidad timpánica, entre los más pequeños, desde 1 a 6 milímetros. Y cuando el sueño nos vence, el diafragma continúa su oficio silencioso: sostener cada respiración. Nuestra dentadura definitiva suele contar con 32 dientes, incluidas las muelas del juicio, aunque muchos adultos tienen 28. Los reviste el esmalte, el tejido más mineralizado del organismo: una armadura formidable que, a diferencia del hueso, no sabe regenerarse. Por nuestras arterias y venas circulan alrededor de cinco litros de sangre. Allí viajan unos 25 billones de glóbulos rojos, mensajeros del oxígeno cuya existencia ronda los 120 días. En un solo microlitro caben aproximadamente cinco millones. Los glóbulos blancos, centinelas inmunológicos, suelen oscilar entre 4.000 y 11.000 por microlitro; las plaquetas, reparadoras de nuestras heridas, entre 150.000 y 400.000. ¿Y cuánto miden las rutas de esta ciudad? Arterias, venas y, principalmente, capilares forman una red colosal. Quizá haya usted escuchado la famosa cifra de 100.000 kilómetros, pero procede de cálculos discutibles; otras estimaciones apuntan a miles o decenas de miles. La anatomía no necesita exageraciones para deslumbrar, pero la cantidad es sideral. El corazón, apenas mayor que un puño cerrado, late cerca de 100.000 veces diarias y moviliza unos 7.000 litros de sangre en reposo. Los pulmones alojan cientos de millones de alvéolos: diminutas estaciones donde el oxígeno ingresa a la sangre y el dióxido de carbono emprende su salida. El intestino delgado mide aproximadamente entre tres y cinco metros en el organismo vivo; el grueso, alrededor de metro y medio. Pliegues y vellosidades multiplican la superficie que absorbe nutrientes. El hígado, con cerca de kilo y medio, procesa sustancias, almacena energía y fabrica proteínas indispensables. Los riñones filtran unos 180 litros de líquido cada día y recuperan casi todo: una prodigiosa economía del agua, digna de la más sofisticada planta de reciclaje. La piel, nuestra frontera con el mundo, despliega entre 1,5 y 2 metros cuadrados. Sus folículos y glándulas participan en una vigilancia permanente de la temperatura y la humedad. Nos protege del exterior, percibe caricias, registra heridas y se renueva sin descanso: es una frontera que también siente. Y presidiendo este concierto está el cerebro: cerca de 1,4 kilos y unos 86.000 millones de neuronas enlazadas mediante billones de conexiones. Los ojos distinguen millones de tonalidades; los oídos convierten vibraciones en señales que reconocemos como voces, música o alarmas. El cerebro consume alrededor del 20% de la energía corporal en reposo y, en una ironía exquisita, su propio tejido carece de receptores del dolor. Mientras usted lee, unas células desaparecen y otras nacen; músculos, nervios y química sanguínea coordinan cada inspiración; el corazón mantiene órganos que jamás contemplaremos directamente. Lo extraordinario no es que semejante maquinaria pueda fallar. El auténtico milagro es que tantas piezas, trabajando a la vez, consigan sostenernos durante décadas sin exigirnos siquiera que pensemos en ellas. @MisColumnas
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SU CEREBRO INVENTA LO QUE USTED ESTÁ VIENDO Abra los ojos y mire alrededor. Una mesa, una ventana, un rostro, colores, distancias, movimiento. Todo parece llegar hasta nosotros como una película transmitida directamente desde el exterior. Creemos estar viendo el mundo tal como es. Pero sus ojos no funcionan como cámaras y su cerebro tampoco como una pantalla. Lo que usted está viendo es, en buena medida, una construcción. Comencemos por una pequeña anomalía. Cada uno de nuestros ojos posee un punto ciego: el lugar de la retina por donde sale el nervio óptico carece de fotorreceptores. Allí, literalmente, no vemos nada. Sin embargo, nadie camina por la vida con dos agujeros negros flotando en el paisaje. El cerebro los rellena. Utiliza la información circundante y la del otro ojo para construir aquello que probablemente debería estar allí. No nos avisa. No aparece un cartel diciendo “imagen reconstruida”. Simplemente fabrica continuidad y nosotros la aceptamos como realidad. Y no es la única intervención. El color tampoco viene pegado a los objetos. Una manzana no contiene “rojo” del modo en que contiene átomos. Su superficie refleja determinadas distribuciones de longitudes de onda; nuestros fotorreceptores responden a ellas y el sistema visual genera la experiencia que llamamos rojo. Otros animales, con receptores diferentes, habitan mundos cromáticos distintos. La profundidad también requiere interpretación. Cada retina recibe una imagen bidimensional. El cerebro compara pequeñas diferencias entre ambos ojos, analiza perspectiva, sombras, tamaño relativo, movimiento y experiencia previa, y así construye la sensación de un espacio tridimensional. Vemos profundidad porque el cerebro la calcula. Incluso el movimiento continuo es una elaboración. Nuestros ojos realizan pequeños saltos llamados movimientos sacádicos varias veces por segundo. Durante ellos, la información visual se modifica y el cerebro reduce nuestra percepción de esas interrupciones. Si experimentáramos crudamente todo lo que llega a la retina, el mundo sería bastante menos estable. Por eso las ilusiones ópticas son tan reveladoras. No demuestran que el cerebro funcione mal. Demuestran cómo funciona. Una sombra puede hacer que dos tonos idénticos parezcan diferentes. Dos líneas iguales pueden parecernos de distinta longitud. Una figura inmóvil puede aparentar movimiento. El cerebro no espera pasivamente los datos: utiliza contexto, memoria y expectativas para inferir qué está ocurriendo. Y normalmente acierta. Eso es lo extraordinario. Durante millones de años, la evolución no necesitó construir un instrumento dedicado a revelar la realidad física en toda su pureza. Necesitó un sistema suficientemente rápido y eficaz para distinguir alimento de veneno, precipicio de camino, amenaza de refugio y amigo de enemigo. Ver no consiste simplemente en recibir. Consiste en interpretar. Por supuesto, esto no significa que el mundo exterior sea una fantasía ni que podamos inventarlo a voluntad. Hay una realidad independiente que impone límites brutales a nuestras interpretaciones: si confundimos una pared con una puerta, será la pared la que termine la discusión. Pero entre esa realidad y nuestra conciencia existe una formidable maquinaria biológica. La luz llega al ojo. La retina transforma señales. El cerebro compara, selecciona, completa, corrige, anticipa e interpreta. Y recién entonces aparece ante nosotros ese mundo sólido, coloreado, continuo y aparentemente inmediato que llamamos realidad. Quizás por eso deberíamos desconfiar un poco de una frase que pronunciamos con enorme seguridad: “Lo vi con mis propios ojos”. Sí. Pero fueron sus ojos quienes recibieron las señales. Quien decidió qué significaban fue su cerebro. Porque no vemos exactamente la realidad. Vemos la mejor hipótesis que nuestro cerebro consigue construir sobre ella. @MisColumnas
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LA FARMACIA NO ES UN SUPERMERCADO En el congreso corre una iniciativa peligrosa, desconcertante y llena de interés privado, sacar al Químico farmacéutico de las farmacias. Y habría que ser muy cándido para no suponer que aquí ha habido lobby. En Chile, una receta puede contener un error de dosis, una interacción peligrosa o un medicamento contraindicado. La diferencia entre detectarlo y entregarlo puede estar al otro lado del mesón. Allí trabaja un profesional cuya presencia algunos parlamentarios proponen dejar de exigir: el químico farmacéutico. El Boletín 18.719-11 busca permitir que otros profesionales o técnicos superiores del área de la salud, con formación específica, ejerzan la dirección técnica de farmacias. Sus impulsores argumentan que reduciría costos y facilitaría la apertura de locales en comunas sin cobertura. Es una necesidad legítima y urgente. Pero una solución mal diseñada puede agravar el problema y trasladar sus costos a los enfermos. La farmacia no es simplemente un comercio. El Código Sanitario la reconoce como centro de salud. Y dispensar no significa pasar una caja por un lector de precios. Significa comprobar dosis, duplicidades, contraindicaciones, alergias e interacciones; vigilar la conservación de los productos; orientar sobre su uso y prevenir daños que pueden terminar en hospitalización. El químico farmacéutico estudia farmacología, farmacocinética, toxicología y tecnología farmacéutica. Es responsable técnico y legal de procesos que ningún curso breve puede equiparar automáticamente con esa formación. Otros profesionales aportan competencias valiosas, pero no son intercambiables por razones presupuestarias. Pensemos en los antibióticos. Su dispensación incorrecta contribuye a la resistencia antimicrobiana. Pensemos también en psicotrópicos y estupefacientes, cuyo control exige trazabilidad y especial responsabilidad. El conocimiento que evita esos y otros errores no es un lujo, es una necesidad. Hay además una paradoja económica. Si se elimina un costo profesional obligatorio, el ahorro queda inicialmente en el operador. ¿Qué evidencia asegura que llegará al precio final? Una cadena con centenares de locales podría capturar una reducción sustancial de gastos, mientras el paciente asumiría los riesgos de un control debilitado. Reducir costos no equivale necesariamente a reducir precios. Un análisis de intereses presentado en torno al proyecto identifica posibles beneficios para cadenas, farmacias independientes y operadores digitales. Sus conclusiones sobre lobby y motivaciones deben contrastarse con registros oficiales: la existencia de beneficiarios potenciales no prueba influencias indebidas, pero orresponde transparentar esas gestiones. La contradicción principal está escrita en el alcance de la iniciativa. Se invoca a las comunas rurales sin farmacia para modificar las reglas de todas las farmacias del país, incluidas las urbanas. ¿Por qué resolver una brecha territorial mediante una rebaja sanitaria general? ¿Por qué no incentivar profesionales, apoyar farmacias independientes, fortalecer farmacias comunales y móviles, o evaluar supervisión remota estricta? Las sociedades de farmacia clínica y las asociaciones profesionales han advertido sobre errores de dispensación, interacciones no detectadas y desvío de medicamentos controlados. No basta desestimar esas alertas como defensa gremial: deben discutirse con evidencia, indicadores de seguridad y estudios económicos transparentes. El Gobierno y el Congreso tienen una responsabilidad concreta: ampliar el acceso sin degradar la calidad de la atención. Antes de cambiar quién dirige técnicamente una farmacia, deben demostrar que la sustitución conserva las competencias necesarias y no aumenta los riesgos para los pacientes. Un medicamento puede venderse como producto. Pero sus consecuencias no se resuelven con una boleta de compra. La salud comienza precisamente donde termina la lógica de la caja registradora. @MisColumnas
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CHILE BAJO VIOLENCIA SIMBÓLICA Torcer la mirada e ignorar el malestar y la frustración que aún reside en la ciudadanía, es la mayor forma de violencia. “Tampoco corresponde romantizar los incendios, los saqueos ni las agresiones. La protesta social y la violencia no son sinónimos. Pero utilizar los delitos para invalidar todo el reclamo ciudadano es otra forma de negarse a escuchar.”… @MisColumnas
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CHILE BAJO VIOLENCIA SIMBÓLICA Torcer la mirada e ignorar el malestar y la frustración que aún reside en la ciudadanía, es la mayor forma de violencia. Siete años después del 18 de octubre de 2019, algunos explican el estallido por treinta pesos. Es una lectura cómoda: reduce una crisis histórica de legitimidad a una tarifa de transporte y elude la pérdida de confianza en sus dirigentes. Los treinta pesos fueron el detonante, no la causa. Detrás había décadas de experiencias acumuladas: endeudamiento para estudiar, listas de espera para sanar, barrios segregados, pensiones insuficientes y reglas distintas según apellido o fortuna. La sociología distingue entre desigualdad material y agravio moral. La cohesión se erosiona al percibir que el esfuerzo no asegura dignidad, que el mérito compite contra los contactos y que el poderoso recibe explicaciones donde el ciudadano común recibe sanciones. Por eso resultó tan revelador aquel lenguaje político sobre «ellos», «los otros», «las señoras Juanitas», «los que se levantan temprano». Ese modo de clasificar revelaba una distancia profunda: quienes gobiernan parecen observar a la mayoría como si fuera una población ajena, objeto de estudio y no sujeto de derechos. Chile construyó indicadores de progreso, pero no siempre construyó pertenencia. La educación, la salud y la vivienda reprodujeron fronteras sociales. Importaba más dónde se estudió que lo que se sabía. El clasismo y la aporofobia dejaron de parecer anomalías para convertirse en hábitos cotidianos. Las cifras tampoco permiten despachar el malestar como envidia. El Informe Mundial sobre la Desigualdad 2026 estima que el 1% más rico posee más de la mitad de la riqueza chilena. Y la mitad de menores ingresos recibe apenas una fracción del ingreso nacional. No es solo cuánto se concentra: es cuánto poder de decisión acompaña esa concentración. A ello se suma el daño causado por escándalos de financiamiento político, tráfico de influencias y cuestionamientos a nombramientos judiciales. Cada caso exige pruebas y debido proceso, pero su efecto trasciende la sentencia: cuando la ciudadanía sospecha que existen puertas reservadas para unos pocos, la confianza pública se desploma. El proceso constitucional abrió una salida institucional, pero terminó en dos rechazos. Sería igualmente simplista atribuirlos solo a una campaña del miedo o negar que hubo desinformación. En 2022 se cuestionó a Constanza Hube por distribuir una guía de campaña semejante en apariencia a materiales oficiales. Verificadores encontraron afirmaciones falsas o imprecisas en ese folleto. También hubo desacuerdos legítimos con el texto. Tampoco corresponde romantizar los incendios, los saqueos ni las agresiones. La protesta social y la violencia no son sinónimos. Pero utilizar los delitos para invalidar todo el reclamo ciudadano es otra forma de negarse a escuchar. Una democracia puede condenar la violencia y examinar las causas de la movilización. Lo inquietante, siete años después, no es únicamente lo que ocurrió. Es la persistencia de una discusión que prefiere repartir culpas antes que corregir las fracturas. Cambiaron gobiernos, discursos y consignas; la pregunta por el trato digno, la igualdad ante la ley y el acceso efectivo a oportunidades continúa abierta. Una república no se sostiene solo con crecimiento económico: necesita instituciones que inspiren respeto y una ciudadanía que se sienta parte de un destino común. Ninguna sociedad está condenada a repetir su historia. Pero tampoco puede exigir paciencia infinita mientras posterga respuestas. Los conflictos sociales suelen anunciarse mucho antes de ocupar las calles: aparecen en la desconfianza, en la resignación y en el silencio de quienes dejaron de creer. Si las instituciones confunden ese silencio con conformidad, volverán a sorprenderse. Y entonces la pregunta no será por qué nadie lo vio venir, sino por qué tantos eligieron no mirar. @MisColumnas
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PALÍNDROMOS Y BIFRONTES El lenguaje frente al espejo. El castellano es tan extraordinario que algunas palabras pueden invertirse sin cambiar y otras, al hacerlo, se convierten en algo distinto. Hay palabras que avanzan, otras que retroceden y algunas que parecen burlarse de la dirección. Son pequeños prodigios lingüísticos que demuestran que el idioma no solamente sirve para comunicarnos: también permite jugar con la inteligencia. Un palíndromo es una palabra o frase que se lee igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda, prescindiendo de espacios, tildes y signos de puntuación. Su nombre proviene del griego palíndromos, que significa volver a recorrer el camino. Los ejemplos más sencillos son «radar», «reconocer», «anilina» y «somos». Pero cuando las palabras comienzan a formar oraciones, el asunto adquiere una elegancia casi matemática. «Anita lava la tina» es probablemente uno de los más conocidos. «Dábale arroz a la zorra el abad» incorpora personajes, acción y una escena casi absurda. «La ruta nos aportó otro paso natural» parece incluso ser una reflexión filosófica. Hay otros deliciosamente breves: «Amor a Roma», «Amigo no gima», «Oirás orar a Rosario» y «Somos o no somos». Todos poseen una arquitectura invisible: cada letra tiene una compañera simétrica al otro extremo. Y algunos alcanzan dimensiones sorprendentes: «A mamá Roma le aviva el amor a papá y a papá Roma le aviva el amor a mamá». Una pequeña pirueta sentimental construida con una precisión casi de relojería. Pero existe otra familia de curiosidades menos conocida: los bifrontes. A diferencia del palíndromo, que conserva su identidad al invertirse, una palabra bifronte se transforma en otra palabra distinta y reconocible. Tiene, literalmente, dos caras. Así, «amor» se convierte en «Roma»; «arroz», en «zorra»; «animal», en «lámina»; «ratón», en «notar»; «social», en «laicos»; «salta», en «atlas»; y «sabor», en «robas». Algunas parejas parecen escritas con humor: «Adán» y «nada», «odio» y «oído», «risa» y «asir», «sacude» y «educas». Incluso «Satán» puede transformarse en unas inocentes «natas». Una conversión que ninguna teología había previsto. La diversión aumenta cuando se construyen frases bifrontes. «La mina de sal» se transforma en «La sed animal». «Eva usaba rímel» termina convertida en «Le miraba suave». Y «La tele ves» regresa convertida en «Se ve letal». No son simples casualidades. Son ejercicios de simetría, combinatoria y creatividad. Construir uno exige imaginar simultáneamente dos direcciones de lectura, respetando las reglas del lenguaje y, cuando es posible, conservando algún sentido. Su fascinación tampoco es nueva. Los juegos de escritura reversible aparecen desde la Antigüedad y han cautivado a poetas, matemáticos, escritores y aficionados a los acertijos. El célebre cuadrado latino SATOR, conocido desde tiempos romanos, constituye uno de los ejemplos históricos más intrigantes de simetría verbal. ¿Por qué nos apasionan? Porque nuestro cerebro busca patrones y disfruta descubriendo órdenes escondidas donde parecía existir solamente azar. Reconocer un palíndromo produce esa satisfacción intelectual de resolver un acertijo sin necesidad de conocer su solución. Además, estas construcciones nos recuerdan algo extraordinario: el lenguaje tiene una dimensión geométrica. Las letras pueden comportarse como figuras reflejadas en un espejo, y una oración puede convertirse en un pequeño mecanismo de precisión. Quizá por eso los palíndromos y los bifrontes sobreviven a las modas, las tecnologías y las generaciones. No necesitan electricidad, algoritmos ni inteligencia artificial. Bastan un alfabeto, curiosidad y una buena dosis de ingenio. Después de todo, hay palabras que admiten dos caminos, frases que esconden dos rostros y lectores que descubren que retroceder también puede ser una forma maravillosa de avanzar. Porque hasta el lenguaje sabe que, a veces, mirar hacia atrás permite descubrir algo nuevo. @MisColumnas
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MARÍA CORINA MACHADO La medalla, la reverencia y el abandono. En política internacional, la ingenuidad suele pagarse cara. Pero cuando se confunde la adulación con la diplomacia, la factura puede resultar devastadora. María Corina Machado acaba de descubrirlo: Donald Trump aceptó su medalla del Nobel de la Paz, pero no le reservó una silla en la mesa donde se negocia el futuro de Venezuela. La dirigente denunció que Washington la excluyó de las conversaciones entre el gobierno de Delcy Rodríguez y un sector opositor. El Departamento de Estado replica que invitó a su partido, Vente Venezuela. La discrepancia no altera lo esencial: Machado carece del protagonismo que imaginó. En enero entregó a Trump la medalla de su Nobel de 2025, distinción que, por supuesto, no puede transferirse. Una laureada ofreció su símbolo a un mandatario obsesionado con obtenerlo. Tal vez creyó que aquella ofrenda compraría influencia. Confundió una fotografía en la Casa Blanca con una alianza estratégica. Bastaba conocer a Trump para advertir el riesgo. Su poder es transaccional y personalista. No cultiva lealtades permanentes: administra conveniencias. Para él, los aliados valen mientras sirven y las promesas duran lo que tarda en aparecer una oportunidad mejor. Machado cometió así un error elemental de negociación: entregó anticipadamente su principal activo simbólico sin obtener una contraprestación verificable. Renunció a prestigio a cambio de una expectativa. Y las expectativas no figuran en los tratados. Su trayectoria merece, sin embargo, una distinción. Resistir al autoritarismo venezolano, ganar las primarias opositoras de 2023 y respaldar a Edmundo González tras su inhabilitación no fueron gestos menores. Sus recursos económicos no anulan su valentía. El coraje personal y la competencia para gobernar, sencillamente, son atributos distintos. Ahí aparece su déficit más serio. Su discurso movilizó contra Maduro, pero explica poco cómo reconstruir el Estado, estabilizar la economía, recuperar servicios públicos, reformar la justicia y garantizar una transición sin nuevas exclusiones. Denunciar una dictadura no equivale a construir una república. También cabe cuestionar la arquitectura de su liderazgo. González fue candidato por la proscripción de Machado, no simplemente un títere elegido para custodiarle el trono. Pero aquella dualidad entre representación electoral y conducción política dejó una interrogante incómoda: ¿quién ejercerá efectivamente el poder y con qué legitimidad institucional? Mientras tanto, Washington negocia con quienes conservan resortes reales del Estado. El levantamiento de sanciones a Jorge Rodríguez y los entendimientos energéticos con el entorno de Delcy Rodríguez ilustran una prioridad estadounidense: asegurar interlocutores capaces de ejecutar acuerdos, especialmente en petróleo. No todo es petróleo, pero ignorarlo sería ingenuo. Trump no necesita admirar a sus socios. Le basta que resulten útiles. Puede estrechar la mano de antiguos adversarios si obtiene estabilidad, influencia y acceso energético. Machado, en cambio, apostó a una afinidad ideológica que nunca garantizó reciprocidad. La paradoja: quien hizo de la dignidad su bandera terminó reverenciando a un poder extranjero. La medalla cambió de manos; el poder, por supuesto, jamás cambió. Y el costo fue proyectar dependencia precisamente cuando necesitaba demostrar autonomía. Venezuela necesita elecciones libres e instituciones sólidas, no el afecto de Washington. Machado todavía puede recuperar protagonismo, pero deberá reemplazar la épica por propuestas y la devoción por estrategia. Porque en política los poderosos no suelen premiar a quienes se arrodillan: simplemente descubren que pueden prescindir de ellos. Ahora, María Corina, a llorar a la FIFA. @MisColumnas
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EL ROCK NUNCA FUE NEUTRAL La música quizá no cambie el mundo, pero impide que nos acostumbremos a sus injusticias. Un curioso mapa ideológico de 74 artistas y bandas de rock los sitúa entre izquierda y derecha, autoritarismo y libertarismo. Allí conviven Pink Floyd, The Clash, Metallica, U2, Queen, Radiohead y Rage Against the Machine. Unos aparecen donde esperaríamos; otros sorprenden. Si bien son posiciones estimadas según declaraciones, letras de sus canciones y activismo propio de cada banda, el ranking deja entrever la realidad tras una partitura. El ejercicio es provocador, aunque discutible. Clasificar a un músico reduce décadas de contradicciones y cambios a dos coordenadas. Una canción puede ser revolucionaria y su autor conservador. Una banda puede cuestionar el capitalismo mientras llena estadios gracias a él. Pero el mapa recuerda una verdad: el rock nunca fue solamente entretenimiento. También interpretó, cuestionó y desafió al mundo. En los años cincuenta, cuando Elvis Presley sacudía las caderas, Estados Unidos todavía vivía bajo la segregación racial. El rock and roll, alimentado por el blues y el rhythm and blues afroamericanos, derribó fronteras culturales que la política mantenía. La música cambió costumbres antes que leyes. Los sesenta transformaron esa revolución estética en generacional. Bob Dylan denunció la guerra y la injusticia; Joan Baez acompañó las luchas por los derechos civiles; John Lennon imaginó un mundo sin fronteras. Vietnam se volvió una disputa moral cantada por millones. En los setenta, el punk irrumpió entre desempleo, crisis económica y desencanto juvenil. The Clash convirtió la rabia social en conciencia política. Los Sex Pistols provocaron a la monarquía británica. Pink Floyd denunció la educación autoritaria y la alienación moderna. La guitarra eléctrica se volvió insubordinación. América Latina escribió capítulos memorables. Víctor Jara fue asesinado después del golpe militar chileno de 1973. Los Prisioneros retrataron las desigualdades y contradicciones de la dictadura. En Argentina, Charly García y León Gieco encontraron formas de cantar bajo la censura. La música no derrocaba dictadores, pero les impedía conquistar la conciencia. Los ochenta llevaron la canción a la movilización internacional. U2 denunció la violencia política en Irlanda del Norte con Sunday Bloody Sunday. Peter Gabriel abordó el apartheid sudafricano en Biko. Queen participó en Live Aid, el concierto de 1985 que hizo planetaria la solidaridad. Y los noventa encontraron en Rage Against the Machine una combinación explosiva de guitarras, denuncia del racismo y crítica al poder corporativo. Su nombre era una declaración de principios. Sin embargo, no todos los músicos abrazaron causas progresistas. Ted Nugent y Kid Rock representan posiciones conservadoras; Morrissey ha protagonizado controversias políticas. La rebeldía estética no garantiza emancipación. Ni una etiqueta política determina el valor artístico. Ahí reside la importancia de la cultura: estimular el pensamiento crítico. Una sociedad que escucha, lee, debate y cuestiona resulta menos vulnerable al dogmatismo. El arte no necesita imponer respuestas; su mayor virtud consiste en formular preguntas que el poder preferiría evitar. Por eso las dictaduras censuran canciones, queman libros y persiguen artistas. Saben lo que algunos gobernantes olvidan: la cultura no es un adorno presupuestario, sino una dimensión esencial de la libertad. El rock cambiará de sonidos y generaciones. Pero mientras existan abusos, discriminación, guerras o injusticias, habrá músicos dispuestos a denunciarlos. Porque una canción no necesita pertenecer a la izquierda ni a la derecha para defender la dignidad humana. Y cuando el poder pretende imponer silencio, la música recuerda que la conciencia también tiene volumen. La historia demuestra que se puede prohibir una canción. Lo difícil es silenciar lo que despertó en quienes la escucharon. @MisColumnas
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¿POLERA O REMERA? CUANDO EL IDIOMA TAMBIÉN PRACTICA DEPORTE Dos países hermanos, dos palabras nacidas del deporte y una divertida confusión que termina cruzando la cordillera. Todo comenzó con una simpática escena. Luciana Aymar, leyenda argentina del hockey sobre césped, utiliza la palabra «polera» y un periodista la interrumpe para corregirla: en Argentina se dice «remera». Lo divertido es que ambas palabras tienen historias deportivas y que, al investigar sus orígenes, aparece una paradoja entre Chile y Argentina digna de una revista de curiosidades. Primero, la polera. Una explicación etimológica difundida relaciona la palabra con el inglés —polo shirt—, prenda asociada al polo, aquel elegante deporte ecuestre que se popularizó entre las élites británicas durante el siglo XIX. Las primeras camisetas deportivas evolucionaron hacia modelos más cómodos, con cuello y botones, hasta convertirse en prendas de uso cotidiano. En Chile llamamos polera a la camiseta ligera, generalmente de manga corta. Pero en Argentina una polera suele ser una prenda de cuello alto y mangas largas. Ahora, la remera. En Argentina, la camiseta cotidiana recibe un nombre relacionado con el remo. La explicación tradicional sostiene que los deportistas que remaban utilizaban camisetas ligeras de algodón para facilitar sus movimientos. Aquellas prendas asociadas a los remeros habrían terminado llamándose «remeras». Ambas historias resultan verosímiles, aunque sus detalles históricos no están completamente acreditados. Y aquí comienza lo verdaderamente entretenido. Chile, el país de las poleras, es una potencia sudamericana del remo. En los Juegos Panamericanos de Santiago 2023, nuestros remeros conquistaron diez medallas: tres de oro, cinco de plata y dos de bronce. Chile terminó segundo en el medallero de la disciplina, detrás de Estados Unidos. Las mellizas Antonia y Melita Abraham alcanzaron ocho medallas panamericanas cada una, convirtiéndose entonces en las deportistas chilenas más laureadas de la historia de esos juegos. También representaron a Chile en los Juegos Olímpicos de París 2024, demostrando que nuestro remo compite en escenarios de máxima exigencia. Argentina, el país de las remeras, es una superpotencia mundial del polo. Su tradición ecuestre, sus criadores de caballos y generaciones de jugadores extraordinarios han convertido al país vecino en una referencia internacional. Adolfo Cambiaso, considerado uno de los mejores polistas de la historia, es una auténtica celebridad deportiva. El Abierto Argentino de Palermo, disputado desde 1893, constituye uno de los torneos más prestigiosos y exigentes del planeta. En 2025 celebró su edición número 132. Y hay otra curiosidad: Chile también ha sido campeón mundial de polo, en 2008 y 2015. Es decir, los chilenos no solamente destacamos remando y los argentinos no solamente brillan jugando polo. Ambos países han cruzado exitosamente las fronteras deportivas que sugieren sus respectivas palabras. Pero la paradoja lingüística sigue siendo irresistible. Los chilenos, que decimos «polera», cosechamos medallas remando. Los argentinos, que dicen «remera», son maestros jugando polo. ¡Pareciera que cada país decidió bautizar su camiseta con el deporte en que destaca su vecino! Y pensar que todo comenzó porque una extraordinaria jugadora de hockey pronunció una palabra distinta de la acostumbrada. Quizás la próxima vez que Luciana Aymar diga «polera», el periodista debería sonreír y recordar que el español tiene más de veinte países, cientos de particularidades y una maravillosa capacidad para sorprendernos. Porque Chile pone las poleras, Argentina pone las remeras, ambos ponen los campeones y el idioma, afortunadamente, no necesita árbitro. @MisColumnas
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EL AUTOMÓVIL QUE DESAFIÓ A NEWTON Cuando la ingeniería eléctrica y la física se encuentran con la tecnología aeroespacial, hasta la gravedad parece negociable. El nuevo Tesla Roadster no pretende simplemente ganar una carrera. Pretende cambiar las reglas de aquello que llamamos automóvil. El 15 de octubre, en las instalaciones de SpaceX en Texas, un prototipo aceleró brutalmente, circuló invertido y ejecutó maniobras aéreas. La frontera entre deportivo y máquina aeroespacial pareció desdibujarse. Pero hay una precisión: no desafía las leyes de la física. Las utiliza con una audacia singular. Durante décadas, la aceleración de un automóvil estuvo limitada por la adherencia entre neumáticos y pavimento. El motor podía entregar más potencia, pero si la fuerza superaba la fricción disponible, las ruedas patinaban. El Roadster incorpora una solución distinta: propulsores de gas comprimido desarrollados con tecnología de SpaceX. Al expulsar masa hacia atrás, generan una fuerza hacia adelante, conforme a la tercera ley de Newton: acción y reacción. Así, el empuje ya no depende exclusivamente del contacto de los neumáticos con el suelo. Tesla exhibió una aceleración de 0 a 60 millas por hora, unos 97 kilómetros por hora, inferior a un segundo. Alcanzar esa velocidad en un segundo implica una aceleración media próxima a 2,7 veces la gravedad terrestre. No es magia: es una exigencia enorme para la estructura, el cuerpo humano y los sistemas de control. La segunda innovación fascina. Bajo el chasis, ventiladores eléctricos de alta potencia extraen aire y crean una región de menor presión. La presión atmosférica exterior empuja entonces el vehículo contra el pavimento. Faldones móviles ayudan a mantener esa diferencia de presiones, incluso a velocidades donde los alerones convencionales apenas producen carga aerodinámica. El resultado es más adherencia. Tesla sostiene que puede superar 2 g de aceleración lateral en curvas. Estrictamente, hablamos de aceleración centrípeta: la fuerza que obliga al automóvil a cambiar de dirección. La sensación centrífuga que experimenta el ocupante es consecuencia de su inercia. Y cuanto mayor sea la fuerza normal sobre los neumáticos, mayor puede ser la fuerza de fricción disponible para girar sin derrapar. El sistema de succión permite incluso recorrer una rampa invertida. No porque desaparezca la gravedad, sino porque la diferencia de presión genera fuerza suficiente para sostener el peso del vehículo. Es física elemental llevada a una ingeniería extrema. Los propulsores distribuidos añaden otra dimensión: permiten corregir orientación, producir momentos de giro y controlar parcialmente movimientos en el aire. El automóvil deja de depender solo del volante, los frenos y la suspensión. Necesita sensores inerciales, electrónica de potencia, algoritmos de control automático y una coordinación entre actuadores, como ocurre en aeronáutica. Pero una demostración no equivale a una revolución industrial consumada. Faltan pruebas independientes de repetibilidad, seguridad, consumo energético, ruido, resistencia de los faldones y comportamiento ante fallas. El gas comprimido se agota; almacenarlo y reponerlo supone masa, volumen y complejidad. Tampoco es evidente que semejantes aceleraciones resulten tolerables o útiles en calles públicas. Se anuncia producción para 2028. Y aunque los automóviles con ventiladores de succión tienen antecedentes, la combinación con propulsión eléctrica y empuje aeroespacial abre un territorio tecnológico notable e inexplorado. Quizá el futuro no consista en que todos los automóviles vuelen. Consista, más bien, en trasladar al transporte terrestre sistemas de control, adherencia activa y propulsión que antes parecían reservados a los circuitos y a los cohetes. Newton no habría protestado ante el Roadster. Habría sonreído: para hacer lo que ayer parecía imposible, Tesla no tuvo que abolir sus leyes. Tuvo que aprender a utilizarlas todas a la vez. @MisColumnas
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¿TIENEN SENTIDO LAS MOVILIZACIONES SOCIALES? En el siglo XXI, ¿puede una multitud cambiar la historia, o protestar es un ritual sin consecuencias? @MisColumnas
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¿TIENEN SENTIDO LAS MOVILIZACIONES SOCIALES? En el siglo XXI, ¿puede una multitud cambiar la historia, o protestar es un ritual sin consecuencias? La historia de las sociedades no se ha escrito únicamente en palacios, parlamentos o campos de batalla. También se ha construido en las calles, cuando ciudadanos comunes descubren que su fuerza colectiva puede desafiar decisiones que individualmente serían incapaces de modificar. Las movilizaciones han sido instrumentos de transformación política, económica y cultural. El movimiento obrero impulsó conquistas laborales mediante décadas de huelgas. Las sufragistas lucharon por el voto femenino. Gandhi enfrentó al colonialismo mediante la resistencia pacífica. Martin Luther King y el movimiento por los derechos civiles contribuyeron a terminar con la segregación legal estadounidense. En Europa oriental, las protestas de 1989 aceleraron el derrumbe de regímenes comunistas. Ninguna conquista fue obra exclusiva de las marchas. Hubo negociaciones, crisis y decisiones políticas. Pero sin presión colectiva, muchas reformas no habrían ocurrido. ¿Por qué se movilizan las sociedades? El sociólogo Charles Tilly explicó que los movimientos combinan organización, reivindicaciones y demostraciones públicas de unidad. La indignación debe convertirse en acción colectiva. Se protesta por salarios, libertades, discriminación, corrupción o abusos. Pero también por algo menos tangible: dignidad. Sentirse ignorado puede movilizar tanto como una privación material. La frustración crece si las expectativas superan las oportunidades. No todas las sociedades protestan igual. En democracias, las marchas suelen reclamar reformas dentro del sistema. Bajo autoritarismos, exigir libertades puede significar arriesgar la vida. La cultura política y la represión condicionan los resultados. Tampoco todos se movilizan por las mismas causas. Hay protestas progresistas, conservadoras, religiosas, nacionalistas y ambientales. La calle no pertenece a una ideología: es un espacio de disputa entre proyectos distintos. Los líderes políticos pueden traducir demandas en leyes y acuerdos, pero también apropiarse del malestar, radicalizarlo o utilizarlo electoralmente. Los movimientos sin dirigentes visibles pueden tener dificultades para negociar y sostener objetivos, lo vivimos en 2019. El siglo XXI cambió las herramientas. Las redes sociales convocan miles de personas en horas; sin embargo, un mensaje viral no construye por sí solo una organización duradera. Convocar es rápido; reformar, mucho más lento. Chile lo vivió hace unos años. El estallido social abrió un proceso constituyente, pero las propuestas fueron rechazadas. Movilizar a millones no garantiza consensos sobre las soluciones, menos en sociedades oligárquicas dueñas de los medios. La politóloga Erica Chenoweth encontró que, históricamente, las campañas de resistencia civil no violentas tuvieron mayores tasas de éxito que las violentas, aunque su eficacia ha disminuido en períodos recientes. No existen recetas infalibles. ¿Sirve entonces protestar? Sí, pero depende de qué entendamos por éxito. Una marcha puede fracasar en su demanda inmediata y modificar la conversación pública. Otra puede obtener una ley sin alterar las condiciones que originaron el conflicto. La eficacia exige objetivos claros, alianzas, organización y negociación. La violencia puede desplazar las demandas y debilitar apoyos; la protesta pacífica tampoco asegura victorias. Las democracias necesitan elecciones e instituciones, pero también ciudadanos capaces de expresar aquello que la representación formal no escucha. Una sociedad que nunca protesta no es necesariamente una sociedad satisfecha: también puede ser una sociedad resignada o temerosa. Las movilizaciones no sustituyen a la democracia: pueden corregir sus silencios. Su verdadero éxito no consiste en llenar las calles, sino en conseguir que, cuando las multitudes regresen a sus casas, algo haya cambiado. @MisColumnas
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