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Existe una situación similar, cuando Albert Einstein visitó el Uruguay y luego a la Argentina.
En sus memorias dijo: que en Uruguay encontró una cordialidad genuina como pocas veces en su vida, y que allí conoció el amor a la tierra propia sin megalomanía. También dijo que era un país “muy liberal”, que sintió admiración genuina por los uruguayos y lo llamó “país pequeño feliz”. Además, le gustaron el clima y la arquitectura, porque le recordaban a Europa.
Sobre BSAS expresó:
“estéril desde el punto de vista del romanticismo y la intelectualidad”. Usando términos como “superficial” y “fría”y aún así, continuó refiriéndose a los argentinos como “displicentes” e “infantiles”.
En fin.-
Entusiasmo en Uruguay? Qué es eso? Acá no nos mueve nada ni nadie. Quizá nos hace salirnos un paso de nuestra monotonía. Pero al segundo día ya nos cansó. Y vale para todo.
Déjanos así que estamos bien.
Viola la laicidad @DipRodrigoGoni
Nuevo anuncio celebratorio de la Iglesia Católica por parte del presidente de nuestra Cámara de Representantes.
El presidente de todos, aunque claro está, nada le importe.
Estaremos acá para recordarle que la laicidad no es un asunto olvidado. Que nuestras instituciones republicanas se honran y respetan más que con palabras, con hechos.
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FUI POR PRIMERA VEZ A UNA FIESTA ELECTRÓNICA.
Fui a una fiesta electrónica. A los veintiséis años, por primera vez, porque un compañero de trabajo me dijo un jueves a las seis de la tarde “el sábado venís”. No lo preguntó. Yo dije que sí con esa velocidad del que cree que todavía está a tiempo de arrepentirse y después descubre que no.
Tocaba un tal Solomun. O Salomón, como el rey. Nunca lo averigüé. Yo durante toda la semana le dije “el concierto”; me corrigieron dos veces y las dos veces seguí diciéndole el concierto.
Le pregunté por WhatsApp cómo había que ir vestido. Me contestó “normal”. Esa palabra me arruinó tres días. Terminé con una camisa. Una camisa celeste. Él, cuando me vio, no dijo nada, que fue infinitamente peor que decir algo.
Pero el problema serio no era la ropa. El problema serio era qué iba a hacer yo, que no consumo absolutamente nada, con las manos y con la boca durante seis horas.
Esa pregunta me la hice el sábado a la una y media de la mañana, parado en el kiosco de la esquina de mi casa, frente a la vidriera, con una seriedad que el momento no ameritaba. Descarté los chicles enseguida: duran once minutos y después uno queda con un chicle usado y ningún plan. Los caramelos me parecieron infantiles y además pegajosos. Consideré las pastillas de menta y las deseché por un motivo que no puedo explicar pero que tenía que ver con la dignidad.
Compré dos paquetes de pipas. Semillas de girasol. El kiosquero no me preguntó nada, pero pensó mucho, y en algún momento de ese silencio los dos entendimos que yo no sabía adónde iba.
Después están las cinco horas previas, de las que nadie habla. La fiesta empezaba a las dos. Yo a las nueve ya había comido. A las diez estaba bañado, perfumado y sentado en mi casa mirando la pared como un hombre que espera un trasplante. A las once intenté una siesta que no fue una siesta sino una breve interrupción del alma, de la que me desperté a la una visiblemente peor.
Y recién esa noche me enteré de que la fiesta no empezaba a las dos. La fiesta abría a las doce. Lo que pasaba, me habían explicado el jueves sin darle ninguna importancia, era que “en la primera hora y media hay perros”.
Yo a los perros no les tengo miedo. Crecí con perros. Lo primero que pensé fue que era un lugar que dejaba entrar mascotas, cosa que me pareció una política moderna y simpática. Después pensé que a lo mejor había perros de seguridad, sueltos, y que la gente prefería no cruzárselos, y me pareció razonable aunque un poco exagerado. En ninguna de las dos hipótesis se me acercó, ni de lejos, la verdadera.
La entendí a los cuatro minutos de llegar.
De todas las personas que esa noche se quedaron en la casa hasta las dos de la mañana esperando que se fueran los perros, yo era la única que podía haber entrado a las doce en punto, caminando despacio, mirando a los ojos, con dos paquetes de semillas de girasol en los bolsillos.
En la puerta me cachearon. El señor de seguridad me pasó las manos por los costados, me palpó los bolsillos del pantalón, encontró un bulto rectangular en cada uno, y se detuvo.
Me miró.
Saqué los dos paquetes y se los mostré a la altura del pecho, como se muestra un documento.
—Pipas —dije.
El hombre los miró, me miró a mí, volvió a mirarlos. No dijo nada. Hizo ese gesto mínimo con la cabeza que en este país significa “pasá” y también significa “yo ya vi de todo pero esto es nuevo”.
Adentro había tres mil personas y ninguna silla. Eso quiero dejarlo asentado, porque nadie lo advierte jamás: no hay dónde sentarse, en ningún lado, es una decisión arquitectónica deliberada. Y tampoco se puede hablar, porque la música tiene un volumen que no admite consonantes. Durante seis horas la totalidad de mi conversación consistió en gritar “¿QUÉ?” y recibir a cambio una sonrisa.
El agua salía más cara que la cerveza. Lo chequeé dos veces porque me pareció un error de carga. No era un error. Era, descubrí después, el modelo de negocio.
Mucha de esa gente estaba trabajando con otras herramientas, digamos. No voy a hacer un inventario ni me corresponde. Describo lo que vi: mandíbulas ocupadas en una tarea propia, gente tomando agua con devoción religiosa, y gente que te abrazaba y te decía que te quería con una sinceridad que a mí, que soy de Santa Fe, me pareció excesiva ya en el primer abrazo. Un muchacho me explicó durante once minutos una idea. Yo seguí la primera mitad. La segunda la sigue él todavía, en algún lado.
Desde una distancia prudente observé también el encare, que es un arte que yo no conocía y que no usa palabras. Dos personas se acercan, se miran, una levanta una ceja y ahí está: todo dicho, todo resuelto, en menos de lo que yo tardo en decir buenas noches. Estuve un rato largo tratando de aislar el mecanismo, porque me pareció que tenía que haber algo más, un paso intermedio que yo me estaba perdiendo. No había nada más. Era la ceja.
Después me fui al baño y, frente al espejo, intenté levantar una sola.
Se me levantaron las dos. Probé seis veces. Siempre las dos. Un señor que se estaba lavando las manos me vio y se fue sin secárselas.
Y después estuvo lo de la crema, que me desconcertó más que ninguna otra cosa. Un pibe sacó del bolsillo un pomo de crema de manos. Un pomo. En una fiesta. Yo primero pensé qué bien criado, qué muchacho atento, cómo se nota la madre. Se puso una cantidad desmedida en las dos manos, se las frotó, y sin decir una palabra se las pasó por el cuello a una chica que estaba de espaldas. Ella cerró los ojos y se le aflojaron los hombros como se le aflojan a alguien que entra a una pileta.
Yo archivé eso mentalmente en la carpeta de las cosas que no voy a comprender y volví a mis pipas.
Porque las pipas, para ese momento, ya eran todo lo que yo tenía. Y tenían un problema grave: la cascarita. No hay dónde tirarla. No hay un tacho, no hay una mesa, no hay un borde. Uno las va juntando en la mano, hace un puñito, y a los veinte minutos tiene un patrimonio. Yo caminaba por esa fiesta con el puño cerrado como un hombre que transporta una prueba judicial.
Y entonces apareció él.
Un muchacho de unos treinta años, sin remera, transpirado, radiante, que me vio comiendo pipas con la concentración de un jubilado en una plaza y se acercó como quien encuentra agua en el desierto. Se quedó mirándome un rato largo. Y después me pidió, con una educación absoluta, con el mismo tono con el que uno pide la hora, que le escupiera las cascaritas en el cuello.
Le dije que no había entendido. Me lo repitió. En el cuello. Que le escupiera las cascaritas en el cuello.
Y yo lo hice.
Eso es lo que no puedo explicar en ningún ámbito de mi vida: que no lo hice una vez. Lo hice durante cuarenta minutos. El hombre se daba vuelta, inclinaba la cabeza hacia adelante y ofrecía la nuca. Yo escupía. Él decía “uhhh” y movía los hombros. Después se daba vuelta, me miraba a los ojos, me agradecía con una emoción auténtica y volvía a ofrecer la nuca.
A los veinte minutos trajo a un amigo. El amigo me dijo, con una seriedad total, “¿me hacés una a mí?”.
A las cinco de la mañana yo era una estación. Había gente esperando. Había, literalmente, una fila. Yo, que no había logrado sostener una conversación de ocho segundos en toda la noche, era el único hombre de esa fiesta con un servicio, una clientela y una función social. La camisa celeste ya no importaba. Nada importaba. Era algo así como una metralleta de pipas, o de placer, si uno quiere ser exacto, y en ningún otro ámbito de mi vida me sentí tan útil. Durante una hora fui alguien.
Lo que no había previsto era el desgaste. Escupir es un movimiento chico, pero es un movimiento, y a la hora y pico de estar escupiendo cascaritas en cuellos ajenos se me acalambraron los pómulos. De verdad. La mandíbula se me quedó trabajando sola, con un vaivén lateral que yo no podía frenar y que, en ese lugar en particular, no requería ninguna explicación.
Un pibe me miró la cara, me señaló con el dedo y me hizo el gesto. Ese gesto. El pulgar para arriba, las cejas levantadas, la sonrisa de costado: estás bien, hermano, vas bien.
Le devolví el pulgar. Qué iba a hacer.
A los cinco minutos otro me trajo un vaso de agua sin que yo se lo pidiera, me lo puso en la mano, me dijo “tomá, tranqui” y me apoyó la palma en el pecho. Era el agua más cara de Buenos Aires y me llegó gratis, por solidaridad, por una lesión deportiva.
Hasta que a las cinco y cuarenta metí la mano en el segundo paquete y no había nada.
Lo di vuelta. Lo sacudí. Cayeron dos.
Tuve que anunciarlo. Levanté el paquete vacío por encima de la cabeza, como se levanta un trofeo pero al revés, y dije, gritando, en medio de tres mil personas: “SE TERMINARON”.
Hubo un “nooo” colectivo. Un lamento. Sincero, además. Y el muchacho original, el primero, el de la nuca, se abrió paso entre todos, me abrazó con los dos brazos, me dijo “gracias igual, hermano” y se fue bailando hacia atrás sin dejar de mirarme.
A las seis y media prendieron las luces, que es la peor cosa que hace la humanidad.
Dos semanas después me enteré, en una sobremesa, por una explicación que yo no había pedido, de que lo que circula en esas fiestas multiplica la sensibilidad de la piel. El cuello sobre todo. Que por eso la crema. Que por eso los abrazos. Que cualquier cosa que toque la nuca es, ahí adentro, una experiencia considerable.
Y ahí entendí todo. Entendí al del pomo. Entendí a la chica que cerró los ojos. Y entendí que yo esa noche no fui un tipo raro con un paquete de semillas.
Fui un proveedor.
El lunes a las once y media me llegó un mensaje de un número desconocido: “hermano sos el de las pipas”. Le dije que sí. Me contestó “gracias por todo”.
Tengo un paquete en el cajón del escritorio, entre el cargador y las tarjetas. Por las dudas.
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Reconoce que teníamos esclavos de un regimen dictatorial en el país así como si nada. Tranqui.
Día movido en las elecciones + importantes del país.
Bomba.
Ignacio Ruglio le planteó a Jorge Barrera que lidere todas las listas del actual oficialismo de @OficialCAP y se presente a la elección contra la lista de Juan Pedro Damiani.
Ruglio se retiraría de la vida politica del Club por tres años y sería el ex presidente Barrera quien encabece todas las listas del actual gobierno más otras listas que se sumarían al apoyo.
@oroycarbontvuy
QEPD
◼️ Murió a los 44 años el virólogo Gonzalo Moratorio
teledoce.com/telemundo/nacio…
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“El día del gol de Viatri en el Maracaná yo hacía unos meses había perdido la elección”
“Hay videos míos llorando en la tribuna”
(El partido fue en abril 2019 y las elecciones en diciembre 2017)
✍️| Ignacio Ruglio
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Carlos Lazzarino se bajó de las elecciones de Peñarol. Compartió un comunicado personal.
“Las diferencias surgidas dentro de la propia agrupación, particularmente respecto al acuerdo político alcanzado con Evaristo González, hicieron imposible mi continuidad. Lamentablemente, esta situación se produjo después de haber asumido públicamente un compromiso y de haberme expuesto ante los medios de comunicación, colocándome en una posición personal que considero injusta e innecesaria”
“Quiero dejar absolutamente claro que Evaristo González no tiene ninguna responsabilidad en lo sucedido. Por el contrario, ha demostrado ser un caballero y una persona de palabra. Las diferencias que motivaron esta decisión surgieron exclusivamente dentro de Espacio Aurinegro 135”
“En consecuencia, dejo de pertenecer a dicho movimiento y queda sin efecto mi participación en la fórmula que estaba previsto presentar en el día de hoy. Asimismo, no participaré en las próximas elecciones del Club Atlético Peñarol bajo ninguna modalidad”
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Esta noche los demócratas han ganado las dos cámaras del Congreso. Texas eligió a un senador demócrata por primera vez desde 1988, Kansas por primera vez desde 1932 y Carolina del Sur desde 1998.
Creo en impuestos bajos, en menos regulación, en un presupuesto balanceado y en un Estado que deje trabajar a quien crea riqueza. Pero desde mi punto de vista de una derecha libertaria, Trump cometió grandes errores en sus dos primeros años que llevaron a este resultado.
El primer error fue gobernar la economía como un intervencionista. Un arancel es un impuesto que pagan los consumidores del propio país: según el Yale Budget Lab, los de Trump cuestan 1.077 dólares al año a cada hogar. Y en agosto abrió una guerra comercial con Canadá, su vecino más amistoso. El Gobierno se quedó con cerca del 10% de Intel después de que Trump pidiera la dimisión de su consejero delegado, y en enero propuso limitar al 10% el interés de las tarjetas de crédito, un control de precios que podría haber firmado Mamdani. Un presidente que decide qué empresas ganan, cuánto pueden cobrar y quién las dirige se parece más a un socialista que a Reagan.
El segundo error fue la guerra con Irán. Se puede defender que Irán no debe tener nunca un arma nuclear y que es sin duda junto a Norcorea uno de los dos peores regímenes del planeta, pero aun así ver lo que costó una guerra que desde que empezó en febrero la gasolina ha subido casi un 50% y el gasóleo dos tercios. El 62% de los votantes cree que empezar la guerra fue una mala decisión.
El tercer error fue anteponer la lealtad a la calidad de los candidatos. En Texas, Trump apoyó contra el senador John Cornyn a Ken Paxton, al que la Cámara de Texas, de mayoría republicana, había sometido a juicio político por soborno y corrupción. Paxton perdió esta noche contra James Talarico, un exprofesor de 37 años. En Carolina del Sur empujó a presentarse a Darline Graham, hermana del senador fallecido, que nunca había ocupado un cargo público y perdió contra una pediatra. Un partido que castiga a quien discrepa acaba con candidatos que solo saben obedecer, y esos candidatos pierden en noviembre.
El cuarto error fue la corrupción. Según su declaración de bienes, Trump ingresó en 2025 más de 1.400 millones de dólares por los negocios de criptomonedas de su familia, y en enero el Wall Street Journal reveló que la familia había vendido en secreto el 49% de una de esas empresas a una sociedad respaldada por el consejero de seguridad nacional de los Emiratos. La derecha pasó años denunciando los negocios de Hunter Biden. Los de la familia Trump son mucho mayores.
Los votantes lo vieron. En la encuesta de octubre de Fox News, la corrupción era su primera preocupación, por delante de la inflación, y según NBC el 65% cree que las políticas de Trump empeoraron la economía. Ganó en 2024 prometiendo bajar los precios. Los subió.
Muchos republicanos dirán que el partido del presidente casi siempre pierde escaños a mitad de mandato. Es verdad. Perder escaños es normal. Perder Texas, Kansas y Carolina del Sur, no. El precedente más parecido es 2006, cuando George W. Bush, con otra guerra impopular en Oriente Medio, perdió las dos cámaras. Trump llega con un 38% de aprobación, menos que Bush entonces.
¿Alguien cree que Kansas, que no elegía a un senador demócrata desde 1932, se volvió socialista en una noche? Ganaron un pastor metodista, un exprofesor, una pediatra y un demócrata obrero de toda la vida. Ninguno es de la extrema izquierda. Hablaron de precios y de corrupción, y los votaron independientes y republicanos cansados de Trump.
Dicho esto, hay demócratas y demócratas. Josh Shapiro, reelegido esta noche gobernador de Pensilvania, es el ejemplo de los razonables: prometió bajar el impuesto de sociedades, agilizó los permisos a las empresas y criticó con dureza a la Universidad de Pensilvania por el antisemitismo en el campus. No está solo. Crece una corriente de demócratas pro empresa que culpan a la propia izquierda de que ya no se construyan viviendas ni centrales. Con demócratas así se puede discrepar y aun así gobernar un país.
El peligro está en otra parte: en los Socialistas Democráticos de América, DSA, el ala socialista del Partido Demócrata. Esta noche al menos cinco candidatos de DSA ganaron escaños en la Cámara, más que nunca. Su odio a Israel va mucho más allá de Gaza: su sección de Nueva York convocó una manifestación en Times Square el 8 de octubre de 2023, un día después de la masacre de Hamás, y Mamdani se negó a condenar el lema «globalizar la intifada». Eso es antisemitismo, con o sin Gaza. Son pocos, pero el Tea Party también empezó en 2010 con unos insurgentes en distritos seguros, y seis años después el candidato republicano era Trump.
Donde DSA ya gobierna se ven los resultados. Zohran Mamdani, de DSA, es alcalde de Nueva York desde enero, y en junio su junta congeló el alquiler de un millón de pisos regulados. Un piso cuyo alquiler no paga sus reparaciones se queda cerrado: los pisos regulados vacíos ya habían pasado de 49.000 a más de 57.000 en un año. Congelar precios destruye la oferta y liberarlos la crea. DSA quiere extender ese modelo a todo el país, y por eso me preocupa mucho más que Shapiro.
Esta mayoría demócrata puede incluso ser útil, porque Trump tendrá que negociar cada presupuesto. Lo que importa es quién manda dentro del Partido Demócrata. Si en 2028 eligen a alguien como Shapiro, Estados Unidos tendrá dos partidos que creen en la empresa privada. Si eligen a alguien como Mamdani, tendrá uno solo.
A los republicanos les toca bajar los precios, comerciar con sus aliados y elegir candidatos capaces de ganar en noviembre además de en las primarias. Esta derrota se la buscó Trump.
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Nacionalidad y Ciudadanía, no pretendan hacerle decir a la Constitución lo que no dice.
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The Western left is driving civilization into a wall. Not out of malice. Out of comfort.
To understand how we got here, you have to go back to one man: Antonio Gramsci.
Gramsci was an Italian communist imprisoned by Mussolini. From his cell, he understood something Marx had missed: in the West, the revolution would never come from the factories. Workers were too attached to their culture, their religion, their family, their nation. To take power, you first had to take the culture. Schools, universities, media, art. He called it cultural hegemony. Win the minds before you win the ballot box.
Decades later, the left applied the method to the letter. What a German activist would later call the long march through the institutions.
But one intellectual weapon was still missing. It came from France.
In the 1970s, a generation of French thinkers, Foucault, Derrida, Deleuze, Lyotard, produced something both fascinating and toxic. Everything is a social construct. All truth is a power relationship. Grand narratives are dead. Reason itself is suspect.
It was brilliant. It was also a philosophy of decadence. A civilization that produces intellectuals whose job is to prove it has no value is a civilization that has begun to dissolve.
These ideas crossed the Atlantic. They were rebranded as French Theory on American campuses. And they mutated.
That mutation is wokism.
Wokism is deconstruction applied to everything. The world is no longer divided between true and false, but between oppressors and oppressed. Merit becomes privilege. Science becomes opinion. The West becomes the universal culprit. And anyone who objects is silenced.
This is where comfort comes in. These ideas cost nothing to the people who hold them. The tenured professor, the downtown executive, the Parisian columnist never bear the consequences of what they defend. They are luxury beliefs. You buy a clean conscience for free, and someone else pays the bill.
But an ideology of deconstruction can't build anything. It needs an electoral base. The working class had already left for the right. So the left went looking for a new people.
It found one in its alliance with political Islam.
In France, it has become visible. According to Ifop, 69% of Muslim voters backed Mélenchon in the first round of the 2022 presidential election. An openly embraced electoral strategy, built on indulgence toward Islamism in the name of fighting Islamophobia.
It's the most absurd alliance in political history. On one side, a left that defends feminism, LGBT rights, secularism and sexual freedom. On the other, an ideology that rejects every one of those values. They share only one thing: hatred of the West as it is.
How does it end?
History has already answered. In 1979, in Iran, the Iranian left, communists and Marxists included, allied with the Islamists to overthrow the Shah. They thought they were using Khomeini. A few years later, they were imprisoned, exiled or executed. The Islamists had used the left as a stepping stone, then eliminated it.
That's the blind spot of this whole structure. In an alliance between an ideology that doubts everything and an ideology that doubts nothing, the one that doubts nothing always wins.
The first victims of Islamism won't be conservatives. They'll be free women, gay people, atheists, artists, intellectuals. Exactly the people the left claims to protect.
They are sawing off the branch they're sitting on. And they don't even realize it.
Because comfort makes you blind. When you've never known scarcity, you think freedom is a natural state. It isn't. It was built, century after century, by a civilization that believed in reason, in truth, and in itself.
Deconstructing that civilization means deconstructing the only conditions under which the left itself can exist.
El culo de Aguirre sigue intacto.
PEÑAROL SE MANTIENE COMO ÚNICO LÍDER DE LA ANUAL
Deportivo Maldonado igualó 0-0 ante Albion y el Decano permanece como único puntero de la tabla acumulada a falta de 2 fechas del final.
Tabla Anual
Peñarol 65 pts
Torque 63 pts
Deportivo Maldonado 63 pts
A Peñarol le queda:
Defensor (Franzini)
Cerro largo (Campeón del Siglo)
A Torque le queda:
Racing (local)
Progreso (visitante)
A Deportivo Maldonado le queda:
Cerro (local)
Boston River (visitante)
TEM ÍDOLO QUE VAI MUITO ALÉM DAS QUATRO LINHAS! 🥹🇺🇾
O aniversário de Noah ganhou uma visita mais do que especial: Agustín Canobbio, atacante do Fluminense, apareceu para comemorar com o pequeno, que é fã do jogador. Um encontro cheio de carinho que certamente vai ficar guardado para sempre na memória dessa família! ❤️
Tem presente que não tem preço! 🥹
🎥: @bythamenezes e @lgflintz
*Contém legenda automática.
#BrasileirãoNoSportv #Fluminense #Canobbio #TorcidaTricolor #Futebol
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Esta noticia que fué cubierta hasta por la prensa de izquierda en Europa, jamás la publicó ningún medio Argentino, ni La Nación ni Clarín.
La ganadora de extrema izquierda de las elecciones de Berlín confiesa por error que Hamás controla su partido y ahora teme por su vida
gaceta.es/europa/la-ganadora…































