Vaya, pues sí que había tenido suerte.
—Lo entiendo perfectamente, no es nada agradable morir.
Traumático se quedaba corto.
—De todos modos, si no quiere o no puede verlo... No hay mucho que hacer al respecto.
Se giró al escuchar la voz de Meryl, observándola con detenimiento.
Sí que había cambiado desde la última vez. Le recordaba más a una súcubo que a otra cosa.
—Va a terminar metido en una espiral de la que no podrá salir nunca —comentó.
—Conoces a ese hombre —dijo.
Hiro se quedó mirando cómo la guadaña se enroscaba en Ezekiel.
—No puedes cambiar el pasado, pero puedes alterar el futuro.
No sabía qué más decir para animar a Ezekiel.
Hiro se quedó en silencio, escuchando a Ezekiel.
¿Qué debía decir? ¿Cómo tenía que proceder? ¿Debía simplemente escucharle?
Hiro guardó silencio antes de optar por la otra opción: contarle experiencias similares. No para opacar el malestar de Ezekiel con el suyo, sino ›
en un intento de hacerle ver que no estaba solo en ese sentimiento de impotencia y malestar que parecía estar atormentando al chico.
—Al final los humanos dan tanto miedo, o más, que los demonios, ¿verdad?
Volvió a mover la espada antes de mantenerla quieta, apoyada sobre ›
su hombro.
—Llegué tarde —dijo—. En más de una ocasión, llegué tarde. Sé lo que es presenciar ese tipo de situaciones y no poder hacer nada. Es algo que te perseguirá para siempre si tienes aunque sea un mínimo de corazón, pero... No puedes dejar que te consuma.
—Sé todo lo que hay ahí fuera, créeme.
Había visto escenas dantescas a lo largo de su vida. No en el contexto de un mundo moderno, pero la gravedad era la misma.
—Por eso, uno tiene que vivir al máximo y disfrutar de lo que tiene, precisamente porque conocemos ›
—Sí, hay gente que no es buena —era lógico. Como en todos lados, ¿verdad?—. Pero también hay gente que sí lo es.
Manejó la espada de mentira, moviéndola de un lado a otro con agilidad.
—Hay que divertirse todos los días. Vivir como si fuese el último y disfrutar del presente.
—¿En casa? ¿Y eso?
Cierto, la última vez ocurrió lo que ocurrió por su paranoia y miedo a que le hiciesen algo.
—Pero tienes a tu compañera —señaló a Ataraxia—. Y pareces saber defenderte. No creo que pase nada. Creo que todos, humanos y no humanos, seguro que quieren ›
—Ya veo, era eso.
Hiro se quedó mirando al arma, sin hacer mucho más, para que no se agobiase.
—Claro, como pasa desapercibida con los disfraces... —al igual que otros seres mágicos—. Tiene sentido. Parece una festividad divertida. La gente se lo ›
pasa bien disfrazándose y consiguiendo dulces, y los seres sobrenaturales pueden mostrarse tal y como son por un día. Pueden ser ellos mismos sin dar la nota.
Hiro también, ¿verdad? Iba de caballero y actuaba de manera exagerada. No desentonaba, a diferencia de otros días.
Al parecer, sus palabras funcionaron. Hiro sonrió nuevamente, pasando los dedos por el mango de Ataraxia de manera sutil antes de separarse y tomar la distancia justa.
—Bueno, ¿adónde ibais? ¿A buscar dulces? Es lo que se supone que se debe hacer, ¿no?
—Ah, ya veo...
Entonces era eso: vergüenza.
Hiro se movió, colocándose la espada de mentira al hombro mientras caminaba hacia Ataraxia para mirarla de cerca.
—No te preocupes —le dijo—. Solo fue un accidente. No estoy molesto. Ese tipo de cosas pasan ›
constantemente.
Bueno, a ver, en este mundo no. Pero en su anterior vida... Sí, eran comunes ese tipo de reacciones.
—Además, estoy bien y tu compañero también. Así que darle más vueltas al asunto no servirá de nada, ¿no? Lo hecho, hecho está. No ocurrió nada ›
—Entonces las personas se disfrazan de demonios y los demonios se visten como humanos.
Algo divertido, pensó. Y un poco preocupante también.
Su mirada se quedó fija en Ataraxia, que parecía estar temblando. ¿Estaba asustada? ¿Qué le ocurría?
A Hiro no le pareció extraño que ›
un arma actuase de esa manera. Cosas más raras había visto en su anterior vida. Además, existían armas con emociones o con la capacidad de hablar.
—¿Tiene miedo? ¿Qué le pasa?
Sin pensarlo dos veces, acercó la mano lentamente, no con intención de tocarla, sino para que viese ›