¿qué es una biografía?

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¿Se puede hacer literatura con inteligencia artificial? Mi conferencia para un inminente encuentro de escritores: Ayer un diario español analizó la novela ganadora del naciente premio Almadía con el programa Pangram y aseguró que el 99% de la misma fue escrita con inteligencia artificial. Además de lesionar al autor (David Silva Rojas), a los jurados (Cristina Rivera Garza, Mónica Ojeda y Selva Almada) y a la editorial, y provocar uno de los primeros casos en que el uso de una IA provoca recelo y una condena injusta y apresurada, también se atizó un debate que será largo, hondo e intenso pero debe ocurrir. A lo largo de todo el día se debatió en publicaciones y redes si es aceptable recurrir a una Inteligencia Artificial para escribir literatura, y si el uso de los programas de escritura conduce, con más facilidad que la escritura humana, a la publicación y al éxito. Un porcentaje asombroso de los comentaristas prefería confiar en un programa que aún se halla en formación antes que en el trabajo propio. La conversación concluyó sin que lográramos deshacernos de una sensación de ansiedad: la nueva tecnología nos ha llevado al borde de un precipicio gigantesco, cuyo fondo y forma apenas se adivinan. La pregunta es si caeremos en el acantilado o bajaremos a explorarlo. La editorial Almadía ya se pronunció: como se espera de una editorial literaria, promete analizar lo ocurrido, y entretanto creer en la palabra del autor, pero mientras se investiga si la novela fue escrita por un ser humano o no, Almadía canceló la gira de promoción del libro, tal como ocurrió en Francia con uno de los finalistas del prestigioso premio Goncourt de este año, Thélyson Orélien, al cual se acusó de escribir su novela C’était ça ou mourir con el uso predominante de una IA. De entrada, llama la atención que el prestigioso diario español haya analizado la novela ganadora de un premio convocado por una editorial joven, dirigida por mentes abiertas y humanas antes que las novelas que ganaron el millonario premio Planeta o el Alfaguara, no porque yo insinúe que estas empresas sean inhumanas, sino porque el ejercicio sin duda habría irritado a grupos empresariales que cuentan con enormes equipos de abogados a su cargo, acostumbrados a hacer lo que sea necesario para resolver los problemas inevitables que una editorial gigantesca encara cada semana. Los editores de El País no sólo demostraron que saben usar la Inteligencia Artificial, sino que siguen usando la Inteligencia Natural. En la misma nota, El país señaló que analizó “libros recientes de autores como Javier Cercas, Isabel Allende o María Dueñas”, pero que ninguno “dio señal de IA”. La investigación del periódico no debería quedarse aquí. Aunque poco impactará en los lectores que han ganado a lo largo de los años, el diario tendría que decirnos qué concluye la inteligencia artificial sobre las novelas recientes de Isabel Allende y David Toscana, ganadoras de dos de los mayores premios del idioma español, y, siguiendo esa vía, preguntarle a distintos programas de IA qué opinan de Cien años de soledad, del Ulysses, de Bajo el volcán, de Claus y Lucas, de El asesino ciego, de Vida y opiniones de Tristram Shandy, caballero, e incluso de La Ilíada y La divina comedia. En mi grupo de amigos, la gran mayoría reconoció que agradece las sugerencias ortográficas de los programas de escritura más comunes: Word, Pages y unos cuantos sistemas gratuitos, de libre acceso. Los más jóvenes confesaron que si van a presentar un texto a una editorial, primero revisan su ortografía con ayuda de nuevas aplicaciones especializadas. Otros, no tan jóvenes, confesaron que, cuando se trata de redactar una aburrida carta laboral, permiten que la IA se anticipe a sus intenciones y, a medida que escriben, les sugiera qué fórmula convencional o qué frase de cortesía emplear, de manera que es ella quien desarrolla y concluye sus correos electrónicos de manera amable, sincera o Muy cordialmente. Muchos confesamos que para practicar nuestro oficio elegimos aquellos programas de escritura en los que es posible desconectar las sugerencias automáticas. A unos cuantos nos molesta que en cuanto escribimos el más modesto pero personal de los mensajes, a medida que tecleamos las palabras, una IA sugiera una multitud de soluciones posibles, las cuales emergen a un costado de la frase, como fantasmas sarcásticos, que se burlan de la originalidad de nuestras intenciones y sugieren que ya todo está dicho, que no vale la pena buscar modos de expresión peculiares. Si aceptamos dichas sugerencias no somos nosotros quienes elegimos el siguiente eslabón de la frase: no activamos una parte de nuestra memoria y la experiencia y le pedimos a nuestra mente acudir al vocabulario, a la gramática, a las expresiones conocidas en el idioma que empleamos y a la literatura conocida para seguir avanzando: es un programa veloz quien ofrece la más frecuente de las soluciones. Por el momento, ese tipo de programas de redacción se concentra en lo más popular dentro del universo conocido, en lo más habitual, pero no se permite usar lo inexistente ni sugerir lo desconocido: esas palabras, comparaciones o imágenes literarias que un escritor debe inventar si requiere sondear los misterios de la creación y los enigmas de la condición humana -por usar un par de lugares comunes que la IA me habría sugerido para terminar esta frase. En mi caso, que aprendí a escribir a mano, luego en máquina Olivetti y más tarde en ordenador, dejé de usar programas específicos de escritura cuando este tipo de sugerencias de redacción se volvieron abrumadoras, y estorbaban la escritura, limitaban mi libertad y acotaban la posibilidad de escribir como sólo yo podría hacerlo, e incluso permitirme dar con algo innovador. A su vez, los creadores del programa Word no tardaron en advertir que tenían una olla de oro entre las manos, y más que pedir un pago único a sus usuarios, al obtener el programa, decidieron cobrar una mensualidad creciente, seguros de que no vendían una máquina de escribir que cada quien podía emplear a su libre arbitrio durante toda la vida, sino que rentaban un robot que se actualizaba segundo a segundo, y reemplazaba a la mente humana en la insufrible tarea de escribir mensajes laborales, académicos o, por qué no, textos literarios. En lo que concierne a la escritura literaria, a lo largo de los últimos diez años me parece distinguir tres momentos significativos en las relaciones entre un ser humano que escribe y la inteligencia artificial. Mientras los traductores ven que un programa gratuito puede realizar su trabajo de manera deficiente pero eficaz en líneas generales, mientras fotógrafos y diseñadores ven con horror cómo los empresarios prefieren suscribirse a Chat GPT, Gemini o Canva antes que encargar su publicidad y sus ilustraciones a un ser humano, los avances que han consternado a los escritores van por otro rumbo: La promesa del estilo: Hace una década pedías a un naciente programa de escritura que escribiera un relato breve sobre un tema concreto, con el estilo de un creador inconfundible: Hemingway, Borges, Arreola, Cortázar, y se producía como por arte de magia un texto corto en menos de treinta segundos. El resultado, francamente ridículo, era un bodoque con textura de melcocha atropellada y pisoteada, un amasijo plano como un hotcake y aburrido como elaborar facturas, que sólo asombraba a quienes no conocían el estilo de semejantes creadores y a aquellos que jamás intentaron escribir un cuento en su vida: un batiburrillo sin alma ni objetivo, que sólo provocaba asombro por la velocidad con que fue generado. Pero el mensaje se emitió: la IA venía en rescate de todos aquellos que creen que escribir es una molestia, pues tiene mucho de tortura, de sufrimiento y frustración, y tienen razón. La promesa de la novela: desde hace un par de años, mediante una suscripción por supuesto, es posible solicitar a la IA que escriba relatos largos instantáneos, diseñados por seres humanos, luego de darle las coordenadas precisas (personajes, escenarios, estilo, trama). El problema es que al leer cada frase uno tiene la sensación de que atraviesa un espejismo que no ofrece nada relevante aunque las frases sigan su rumbo de manera ordenada, y el sentido se esfuma, ya no digamos la emoción estética, y no hablemos de su capacidad de decir aquello que sólo las novelas pueden decir. Pero por el momento miles de personas en todo el mundo dejan de escribir lo que sólo ellos podrían imaginar o pensar y prefieren experimentar y jugar con los resultados de programas que generan el texto soñado a lo largo de sucesivas capas de trabajo, cada vez más precisas, pero fallidas. De nuevo la IA asegura venir en rescate de aquellos que desean ser ensayistas sin pensar o dibujantes sin dibujar, perezosos o ignorantes que buscan convertirse en creadores sin darse el tiempo de conocer lo que se ha obtenido en materia de imaginación literaria, sin verse obligados a emplear hasta dominar de manera relativa las reglas elementales de la creación artística, ya no digamos la ortografía, la gramática, el uso de la tinta china y el papel, o la noción general de lo que podría suceder al mezclar dos colores de pintura pastel sobre un lienzo, o recursos literarios que parecen ajenos. La IA, siempre generosa, asegura que no era indispensable perder una vida en ello, y que el ser humano tiene derecho a emplear su tiempo en cosas más valiosas, como pagar suscripciones, y ahorrarse esas décadas de búsqueda y trabajo enriquecedor. Las metáforas no existirían si dependiéramos de la tecnología. La tercera es la promesa del criterio: lo que aseguran las nuevas tecnologías de revisión digital, como Pangram, es que nadie requiere conocer las distintas corrientes o estrategias literarias, tener experiencia como editor o estudioso de los discursos para valorar un relato: no es necesario que un ser humano conozca la literatura existente. Basta con que se suscriba y le pida a un sistema que lea y juzgue por él. Evitarle el dolor de cabeza de aprender y pensar es el nuevo canto de sirena de la Inteligencia Artificial. El problema es que una suscripción no crea artesanos eficientes, sino consumidores ignorantes y esclavizados. Cuando enfermé de COVID hubo días espantosos en los que, a pesar de que las intuía y las tenía en la punta de la lengua, como se dice con otro lugar común, las palabras que buscaba para crear una frase desaparecían de mi mente tan pronto las invocaba. Sentí, por momentos, la terrible condición de quienes sufren afasia, pero por fortuna la superé (o eso supongo). Contra lo que digan mis detractores, esos canallas simpáticos, tal condición sólo duró unas semanas, y lo que quedó en su lugar, luego de meses de esfuerzo, fue una sensación liberadora: enfrentado a la finitud de mi existencia, perdí el miedo a escribir, y siento, desde entonces, el placer de escribir, y reescribir, y tirar infinitas versiones, y corregir y volver a tirar hasta que después de cientos de capas de trabajo surja por fin esa palabra, esa frase, ese color que intuí en el fondo del acantilado, y que me permite contar lo que quiero decir a través de mis personajes e historias. Además de la terapia y la medicina, la ayuda vino bajo la apariencia de mi viejo, enorme y pesado diccionario de sinónimos y antónimos, que me ha acompañado desde mi primera novela. Lo tenía junto a mi escritorio como otros tienen a sus mascotas, y cada vez que los restos de la enfermedad ocultaban una palabra conocida e invocada, era el río profundo, rico y vivo de mi idioma quien venía a ayudarme. El idioma me decía: no te preocupes, aquí estoy, no pienso desaparecer ni restringirte: elige tú la opción que requieras, conoce los matices que existen, las decenas de palabras que hemos creado para nombrar la nieve, por poner un ejemplo, y elige la que más necesitas. Así se hace la literatura. Por el momento las Inteligencias Artificiales se dedican a escanear todos los libros, historias y frases escritas por la inteligencia humana a lo largo del tiempo, a fin de conocer en su totalidad los distintos caminos que pueden tomar la mente humana y su reflejo, la escritura, a fin de suplantar la necesidad de pensar e imaginar, y el insufrible trabajo de escribir lo que pasó por la mente. Van por buen camino: al inventar los teléfonos portátiles ya nos quitaron buena parte de la memoria, tan distraída, según ellos, en memorizar los números telefónicos de las personas importantes en nuestra vida. Ahora van por el pensamiento y la imaginación. Concedo que no necesitamos teclear cada número, y que basta oprimir un botón, luego de elegir entre diversas posibilidades, para llamar a la persona amada. Pero también comprendo que algo esencial perdimos al olvidar que cada persona se escondía detrás de diez números que parecían encerrarla de manera misteriosa, y si uno quería ponerse en contacto con ella, tenía que aprenderlos, como se aprenden las cosas que hacen sonreír a cierta persona específica. Por el momento, los documentos barruntados por una confusa o limitada mente humana y generados por un programa de escritura provocan la sensación de que no hay nada detrás, que la idea está hecha de niebla o que uno cayó en un espejismo inasible y poco sustancioso, del cual no sacará nada. La engañifa se advierte de inmediato. Muy distintos son aquellos momentos en los que uno siente que en un texto laten la inteligencia, la pasión o el alma de otra persona viva. Tenemos la ilusión de tratar con un ser humano vivo, como ocurre cuando leemos la Apología de Sócrates, Gargantúa y Pantagruel o los poemas de Szymborszka, aunque esa persona haya desaparecido de la Tierra hace cientos de años. Tal como van las cosas, no tendremos que esperar mucho tiempo antes de que las empresas que tienen el monopolio de la imaginación y el pensamiento nos ofrezcan libros, series o películas escritas (y actuadas y musicalizadas) por completo mediante Inteligencia Artificial. Mi profecía es que quienes nunca han estado en contacto con buenas películas, buenas novelas y buena música podrán aceptar por un tiempo esos ladrillos infumables. Pero llegará un tiempo en que se alejarán de ellos con gran desencanto y buscarán de manera instintiva esas historias que sólo la novela y el cuento nos pueden contar, los colores que sólo un humano puede inventar, las melodías que buscaron transmitir una gran emoción, las grandes películas. En el estado en que se encuentra ahora la evolución de la Inteligencia Artificial, aún le falta dominar otras habilidades de la escritura si piensa imitar la ilusión de la existencia humana. Deberá aprender que la literatura no surge de emplear la expresión más frecuente al momento de escribir, sino la que llega por vías imprevistas. Le falta dominar las leyes que rigen el azar, la asociación libre, la manera como el inconsciente de cada quien actúa de modo original e irrepetible. Deberá aprender el uso del sentido del humor y los caminos a los que puede llevarnos el uso sostenido de la ironía y sus parientes, el sarcasmo, el humor negro, la paradoja zen. Que alguien me corrija, pero hasta hace cinco minutos, si le pedías a una IA que inventara un chiste sobre un tema concreto, seguía dando basura en estado puro. Para crear un buen chiste y adoptar un punto de vista divertido uno debe haber fracasado muchas veces, mucho tiempo, ser incapaz de hacer bien muchas cosas en la vida. El humor es al mismo tiempo el relato de un fracaso y la iluminación que se consigue al caer, y con ello, nos abre las puertas hacia una vida menos tortuosa. Deberá aprender que el talento literario y la inspiración son una ficción que los humanos han creado con grandes esfuerzos, luego de capas y capas de trabajo, de días sucesivos de rabia, de alegría, de ansiedad, de satisfacción provisional. Deberá aprender que el humano escribe a cuatro manos con la vida y en ocasiones con la muerte, pues aunque el lenguaje sea infinito y ponga a nuestra disposición opciones riquísimas, la vida humana no lo es, e incluso los autores más exigentes dejaron truncos los trabajos en los que habían invertido sus mayores esfuerzos, con lo cual nos heredaron trabajos cargados de enigmas, que ofrecen una fuente de atracción e inspiración incesante: basta con recordar los trabajos de Dante y los relatos de Kafka. Y, si quiere escribir como un ser humano, deberá aprender que el arte es una ilusión pasajera, que requiere la ayuda del tiempo: es decir, que que quienes buscamos compartir una idea o una historia con nuestros vecinos necesitamos reescribir, es decir, tachar lo que escribimos hoy, y revisarlo mañana, una semana o un mes después, hasta que lleguemos a la ilusión de alcanzar lo que entendíamos ayer por la literatura. Para concluir, ¿es posible escribir literatura con Inteligencia Artificial? Por el momento, la respuesta es sencilla: por supuesto que no. Es posible escribir aburridos proyectos de mercadotecnia, tediosos e insustanciales informes académicos o pergeñar incomprensibles instrucciones para ensamblar aparatos eléctricos, pero no existe aún un programa que al presionar un botón genere una novela de Agota Kristof, un cuento de Ted Chiang o un poema de Louise Glück. Quienes creen lo contrario harían muy bien en cancelar esas suscripciones y acercarse de nuevo a la biblioteca, a la librería, al libro que descansa sobre su escritorio. PD: ¿Será necesario aclarar que este texto no fue escrito con inteligencia artificial, y que lo escribió de manera cordial y humana su seguro servidor, Martín Solares?
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🔴#ÚltimaHora El gobierno de @samuel_garcias ha otorgado contratos por $110 millones para obras fronterizas a compañía sancionada y señalada por @USTreasury de financiar campañas con recursos del Cártel del Noreste. contralacorrupcion.mx/contra…
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La urgencia de Donald Trump por reducir el precio de los combustibles antes de las elecciones intermedias del próximo 3 de noviembre abrió la puerta a la compra de diésel ruso, entregando a Vladimir Putin una herramienta de presión (sobre Estados Unidos y sobre Ucrania) que, hasta hace unos días, no tenía. Tras el anuncio de Trump, el viceprimer ministro ruso, Alexander Nóvak, anunció que se levantaba esa prohibición. Según Trump, Rusia suministraría de inmediato más de 300,000 toneladas de diésel al mercado estadounidense y global, otras 500,000 en noviembre, un millón más después y 3 millones de toneladas adicionales en poco tiempo. 𝗨𝗻𝗮 𝗰𝗶𝗳𝗿𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗽𝗮𝗿𝗲𝗰𝗲𝗿𝗶́𝗮 𝗶𝗺𝗽𝗼𝗿𝘁𝗮𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗻𝗼 𝘀𝗲𝗿 𝗽𝗼𝗿𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗻 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗲𝘀 𝗶𝗻𝘀𝗶𝗴𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗻𝘁𝗲. El total anunciado ronda 4.8 millones de toneladas, unos nueve días de demanda estadounidense. Para Rusia, en cambio, la cuenta es más importante: sus exportaciones de diésel habían caído de más de 800.000 barriles diarios a menos de 200.000 tras los ataques a sus refinerías. Y la licencia alcanza al mercado global, con lo que despeja el riesgo de sanciones para los compradores habituales del diésel ruso. Escribí en @El_Universal_Mx eluniversal.com.mx/opinion/s…
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Este texto lo publico el 7 de Octubre a las 6:29 am hora de Israel, a 3 años exactos del inicio de los ataques de Hamas (9:29 pm del 6 de octubre, hora de la CDMX). Y henos aquí, tres años después. Parece que fue ayer. Parece que fue hace una eternidad. Otra vida. La misma vida pero tan diferente. El antes y el después. Lo cataclísmico mezclado con lo cotidiano. Tres años, 1,096 días y miles de consecuencias en cadena desde aquel siete de octubre de dos mil veintitrés. Con todo lo que ha pasado se me hace raro que nos sigamos sorprendiendo. “Abajo, abajo, abajo. ¿Es que la caída no iba a terminar nunca?”, decía Alicia mientras caía por el hoyo del conejo. Aquí la caída ha sido hacia el país de las pesadillas. El ataque. El shock. El horror absoluto. La guerra —y sí, la guerra duele por todos los civiles involucrados. Los rehenes. La destrucción. La paz chicha. El antisemitismo en el mundo. La locura en las redes sociales y en las calles. El recuento de los daños, a nivel mundial y a nivel personal. Los amigos perdidos. Los ataques directos, digitales y presenciales. Los problemas en el trabajo. El antisemitismo que enfrentan mis hijos —eso es lo más doloroso de todo. Los “no lo puedo creer”. Las nuevas cosas que hemos tenido que normalizar porque, a veces, sólo a veces, es tan cansado seguir discutiendo que resulta más fácil dejarlo pasar. No ha sido sólo lo duro, también lo tupido. No puedo pensar en la vida de ningún judío —y me queda claro que también que la de muchos no judíos— que no haya quedado marcada por un antes y un después del 7/10/23. Siete. Diez. Veintitrés. ¿Quién era yo antes? ¿Quién hubiera sido yo hoy si no hubiera pasado? ¿Quiénes seríamos? Tres años después, aquí estamos. Conmemorando. Aunque no sé siquiera si “conmemorar” sea la palabra correcta, todavía no hay suficiente aire de por medio. Todavía falta oxígeno. El 7 de octubre ya no es presente, pero todavía no es pasado. Hoy tenemos que decidir cómo transferir esta realidad a la memoria. Para que no se olvide, pero para que tampoco nos consuma. Para que no sea un punto de quiebre, sino uno de partida. El inicio de un camino que NADIE hubiera querido transitar pero que es inevitable. Zajor. Así se dice “recuerda” en hebreo. En su traducción literal, recordar es un simple acto mental: traer algo del pasado al presente y punto. Pero en el judaísmo, recordar implica algo más profundo: actuar sobre ese pasado en tiempo presente. Las lecciones del ayer como motor del hoy. Recordar, en el judaísmo, no es un verbo pasivo, es un imperativo. ¡Recuerda! Recuerda el pacto con Abraham. Recuerda la salida de Egipto. Recuerda el Shabat. Recuerda que el mal existe. Recuerda, durante una diáspora de casi 2000 años, a Jerusalém. Y ahí está, quizá, una de las preguntas más difíciles en este día de conmemoración: ¿Cómo preservamos el recuerdo de un evento tan terrible, y sus consecuencias, sin volvernos sus prisioneros? Zajor no nos obliga a revivir el 7 de octubre, nos obliga a convivir con el 7 de octubre. No para atormentarnos, sino para marcar camino; no para definir al pueblo judío de aquí en adelante, sino para refrendar la relación que cada uno de nosotros tiene con su (individual) forma de ser judío. La memoria judía no es nostalgia, es obligación y responsabilidad. Es el hilo que nos ha mantenido unidos como pueblo a través de geografías, persecuciones, expulsiones y siglos. Nuestra memoria compartida nos da identidad; la identidad nos da pertenencia; con la pertenencia creamos destino. En el judaísmo el recuerdo es una especie de portal de ciencia ficción que une pasado, presente y futuro; no como tres tiempos separados, sino como una sola continuidad moral. “La memoria es el pasado hecho presente, tal como sigue viviendo en mí”, decía el rabino Jonathan Sacks. Entonces, ¿qué es lo que Zajor nos comanda hoy siete diez veintiséis? Memoria histórica, memoria colectiva y memoria viva. ¡Recuerda el pasado! Preserva la realidad a pesar de la erosión del tiempo: las vidas, los nombres, los hechos, la verdad. No sólo como un recuento histórico, sino como una lección sobre dignidad humana, vulnerabilidad, responsabilidad y las consecuencias de la deshumanización. ¡Recuerda quién eres! Nuestra identidad judía. Nuestros valores. Nuestras responsabilidades. Los lazos que nos unen y que nos han permitido seguir adelante una y otra vez. Recuerda el 7 de octubre por lo que decidiste ser a partir y a pesar de ese día, en lo personal y en lo colectivo. ¡Recuerda y ve hacia adelante! Hoy, mucho tenemos por hacer, porque, odio decirlo, los problemas de antisemitismo que enfrentamos van para largo. El pasado adquiere sentido en aquello que hacemos con él. Si el propósito de la memoria judía es llevar nuestra identidad de una generación a la siguiente, entonces tenemos que decidir qué valores y qué responsabilidades queremos heredar: Que tus hijos y los hijos de tus hijos entiendan lo que significa ser judío: Los retos, los compromisos y, sobre todo, el privilegio de serlo. Hoy, tres años después, aquí estamos. Entre el dolor y la memoria. Entre el duelo y la responsabilidad moral. Entre haber sobrevivido una tragedia (y sus ondas expansivas) y decidir en qué personas y en qué pueblo nos vamos a reconstruir a partir de ella. Hoy, tres años después, decimos Kaddish por los muertos. Decimos Kaddish a sabiendas de que esta plegaria que pronunciamos frente a la muerte, no habla sobre la muerte. Habla de la vida, de la grandeza de Dios, de la memoria y de la esperanza de paz. Habla de la posibilidad de que un mundo roto pueda ser reparado. Zajor.
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Oigan necesito de su magia, me ayudan con RT y echar montón. Sigue Desapareció Daniel, amigos y su hermano están desesperados ya. Creo en la magia tuitera como siempre y crear una cadena humana. Por favor me regalan su RT un instante. Gracias
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Vaya, primera vez que le atinan 🙌🏼
No vuelvo a ir a la comida china
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Luego de unos cuantos años de investigaciones y escritura, mi novela sobre Edward James y la creación del jardín surrealista de Xilitla sale por fin del horno: estén pendientes.
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El gobierno reconoce que la FGR mintió y no es Huachicol lo que incautó en Guanajuato y todo fue un montaje de la gente de @ErnestinaGodoy_ Tanto criticar a García Luna para acabar emulando los montajes mediáticos. Que 🐕 🐻
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Es correcto: el reconocimiento de los dientes de leche empieza con un perito de la @FGRMexico, no de la Fiscalía de Michoacán. Corresponde a la instancia federal presentar los análisis que hicieron desde el hallazgo de la fosa. Los hicieron, ¿verdad? ¿Verdad?
La que debe aclarar el asunto de Zacapu es la @FGRMexico Me dicen allá en Michoacán que sí había restos y piezas dentales, pero de adultos. Que aclaren y sean transparentes; que digan exactamente qué salió de la fosa.
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A man rushes to the aid of a newborn foal that isn't breathing, and within moments, the foal comes back to life. Its innocent joy seems capable of stopping time and making the whole world beautiful again. 🐴
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Epicuro criticaba la hipocresía de los poderosos que, encumbrados en sus lujos, predicaban resignación y austeridad solo para pobres. La filosofía del cuerpo denuncia las fallas que coexisten en nuestro mundo: el exceso de miseria y las miserias del exceso pagina12.com.ar/2026/09/16/t…
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Good morning humans! Today will be a very busy day 👀
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Pillan al Espíritu Santo llegando tarde a misa.
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I love you
A beautiful surprise
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Muy para el 16 de septiembre, sus tíos consentidos hablan de las ceremonias patrióticas y sus orígenes mega fachos.
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